Una honda palpitación del espíritu, como proponía Antonio Machado, es la que habita en estas inquisiciones. En ellas los hechos tienen un culto: recreando el pasado, modificar el futuro. El tema es el mundo, sin simulacros. ¿Cuál es la voz de nuestro tiempo? ¿La mediocridad, la desmemoria, el racismo, la fama? “¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?”. Ese dios es la palabra. Y, como la utopía, está en todas partes.

La política (el grito y el evento) en tiempos de postmetafísica


Alberto Valdivia Baselli


Cuando los pueblos, en diferentes momentos de vida social, descubrieron que el ejercicio de lo público podía –y debía– sistematizarse, sea en la polis griega de Pericles, sea en el ayllu andino de Caral, Áspero o de Chavín, reconfiguraron su inscripción dentro del ámbito de la metafísica. Porque no hay forma de construir sistemas políticos funcionales y hegemónicos sin configurarse dentro o fuera del ámbito del pensamiento simbólico. ¿Quiénes somos cuando construimos entramados políticos donde existen Otros sin voz y sin participación alguna en el poder? ¿Qué somos? ¿Acaso no reconfigura al ser esa aceptación pasiva de orden político aparentemente práctico y excluido del orden de las ideas y de la existencia en sí? ¿Acaso la renuncia al ejercicio ético frente al otro y a la conciencia política no nos reconstituye en otro tipo ontológico de ser?

Luego de las proclamas postmodernas, la “caída de las ideologías” a finales de los ochenta y la generación de visiones postpolíticas, desde los años noventa el espacio ontológico del ser humano ha sido inscrito en una fábula muy poderosa: no hay política posible, porque ésta, que se basa en la multiplicidad de propuestas ideológicas, hoy día ha sido reemplazada por el orden existente. Por lo tanto, no hay opciones fuera de la democracia liberal, tal y como la conocemos ahora, ni del mercado soberano. Muere la política, la pugna saludable de enemigos públicos (Schmitt), por la centralización de una idea, y de una idea en el poder que reconfigure la estructura social del mismo. ¿Qué resta, entonces, para el hombre postpolítico? ¿Inscribirse en la abulia y aceptación pasiva del sistema y quejarse todo el día en las redes sociales de que las cosas no funcionen a nivel material?

Asistimos actualmente a una peligrosa funcionalización material de los problemas sistémicos. A toda crisis económica, a todo desajuste burocrático, los medios de comunicación y la opinión del heterogéneo sujeto de la red social responden con una crítica funcional del sistema: “la empresa minera debería funcionar de manera diferente para evitar que la población adyacente no se quede sin agua”, “el gobierno debería cambiar su forma de actuar en las provincias alejadas de los Andes o de la costa caribeña, porque entorpece el desarrollo en vez de promoverlo”. Cuando algún sujeto de red propone cambios en el sistema o algún medio de comunicación sugiere reforma del Estado, nadie entiende reforma del sistema político-capitalista –y, por lo tanto, desplazamiento ontológico y metafísico hacia otra episteme–, sino cambio funcional de alguna parte del sistema que se critica, pues, lo que falla no es el sistema general sino las funciones de ese sistema.

Los nouveaux philosophes pretenden resolver todos los problemas metafísicos y materiales con una reducción funcionalista que empata perfectamente con el discurso mediático y la opinión general: lo único que necesitamos es un capitalismo con justicia social. Si es lo único necesario, ¿por qué aún no se ha producido? ¿Por qué se insiste en un sistema que ha quebrado a Europa y que desmanteló la fragilidad financiera –y estatal– de los Estados Unidos –sólo para referir la materialidad del paradigma–? Todo sistema instalado busca defender su centralidad y su posicionamiento; toda episteme hegemónica pretende seguir siendo el paradigma desde el que cualquier dispositivo de pensamiento se desarrolle. La funcionalización de los pendientes del sistema es el correlato popular y masivo más efectivo para validar la teoría intrarreformista de los nouveau philosophes. Mientras tanto, y sin embargo, las agendas populares y las hegemónicas no hallan puntos de encuentro.

El evento que quiebra el sistema, que lo desnaturaliza y lo evidencia fuera de nuestra cotidianidad, como un elemento extraño a nosotros, impuesto por proyecciones ideológicas externas, es el artístico. Badiou señala que el espacio donde se replantean los sistemas hegemónicos de pensamiento –las fuerzas emergentes de Raymond Williams– y se desestabiliza el statu quo es el espacio literario. El evento, por lo tanto, no es este texto en el que hago un llamado de atención a la clase intelectual sobre la naturalización de la función en la metafísica del sistema político e ideológico en el que todos estamos insertos, sino el poema, la novela, el cuento, el teatro: ellos proponen otra lectura, metafísica, de lo político. El evento es literario porque la literatura es el grito. El alarido callejero, la toma de la plaza pública, la marcha frente al palacio de gobierno o la entidad empresarial de turno, son la táctica que desestabiliza toda una estrategia de orden urbano, con absolutas proyecciones políticas: pero el grito ahí no es metafísico, es funcional; es político pero no infrapolítico.

Moreiras señala que no se puede pensar fuera del sistema capitalista –la modernidad–, porque todo pensamiento está atravesado por el mercado de capitales. Lo político, con agencia, es, por lo tanto, lo infrapolítico, lo que está fuera de la estructura política, lo que ejerce la política desde el más interno y oculto centro del pensamiento: el arte literario. El grito de la calle, por desgarrador que fuera, se pierde en el conglomerado sígnico que ha neutralizado todo sonido urbano en bulla, en paisaje cotidiano: los claxon de los taxistas hartos del tráfico, la voz de los comerciantes de la calle que gritan sus carencias al pregonar los signos del mercado que ponen en circulación, los alaridos de una señora que acaba de ser asaltada con un grito de robo –el mercado de escasez de bienes– están condenados a ser reducidos a problemática funcional, a natural panorama urbano del mundo contemporáneo. Son, entonces, signos ordenados en el caos normativo. Siendo tan políticos como la marcha o la manifestación en la plaza, son violentamente devueltos a la normalidad de la problemática coyuntural, que nada dice del sistema metafísico en el que producimos los signos que neutralizan esos gritos, ni mucho menos de sus ecos éticos con los que fácilmente se resquebrajaría todo el sistema instalado. La ética no puede reinscribirse como discurso si el sistema metafísico del que depende le cierra las puertas a cada movimiento. Los problemas funcionales están fuera de la ética del sistema; no son éticos, son morales, fenomenológicos, dependen de la conducta específica de individuos específicos en circunstancias específicas; es decir, son fenómenos fuera del sistema, son la negatividad del sistema, son lo que el sistema no es.

Lo fundamental del grito de la poesía está justamente en su no funcionalidad, su no pertenencia al sistema. Está fuera de mercado, está fuera del sistema sígnico en el que pensamos a diario. En la calle, un poema leído en una esquina, con semáforo en rojo, incomoda a los transeúntes y choferes de taxi porque está fuera de contexto: no funciona en el sistema, es inútil al sistema material y simbólico de capital. Leído en el espacio público o el privado, desestabiliza. El poema es el evento. El poema leído en una biblioteca, en una clase de colegio, en un parque donde ya no juegan niños la rayuela o en una performance en la plaza pública del centro de la ciudad es igualmente evento, fuerza desestabilizadora, cambio metafísico, porque propone otro orden, otro sistema de lectura y de acción sobre el sistema de signos del mundo que determina el orden de su materialidad. Un hombre que sólo lee el poema piensa, por un momento, fuera del mercado, fuera de la modernidad. Hay un grito ahí que no forma alharaca pública pero que descoloca un paradigma interno. Un cuento, también. La novela está más asentada en el mercado, pero puede fácilmente ser lugar de evento, si se piensa a sí misma como tal. El grito literario –no letrado, literario en su máxima amplitud– está desplazando conciencias y reconfigurando la metafísica general de estos tiempos postpolíticos en los que más debemos gritar, escribir, leer, leer en voz alta, cantar poesía en los micros, escribir grafiti poético o narrativo, narrar historias populares/tradicionales en el aula de toda escuela, en la calle de todo barrio. El evento es el grito que silenciosamente reconfigura el paradigma del individuo a su colectividad –masa o elite– y reinscribe a la metafísica en su valor político antes del cambio –o replanteamiento ontológico– de sistema.

Yo también grito. Ayrihua Quilla, por decir:

Cosechamos la piel, los órganos sensoriales
los genitales impertérritos
el humus de nuestros erotismos más encurtidos
en la salmuera de los astros
en los íntimos recodos de nuestra efigie
proyectada a sombra por la luna
separamos grano de paja
sobre el cuerpo cansado / batallado
gestamos la novedad
y el pico cae en piedra por vez primera
el deseo no está detrás del dolor
es el pico que va a desenterrarlo
y lo busca para ser.

Alberto Valdivia Baselli (1977)


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