Hace añares, los navegantes solían decir que navegar es necesario; vivir, no. Desafiando los vientos y sus diabladas, un archipiélago de inquisiciones establece las coordenadas de nuestro tiempo: racismo y violencia. Y a contraviento la palabra tiene todavía el coraje de aferrarse a la vida y redimirla. Y navegando pone al descubierto los trabajos y los días de ciertos autores. Es un barquito buscando su puerto.

No.

ENTRADAS

Che, el poeta futuro


Marco Vinicio Mejía

¿Por qué te fuiste hermoso
sobre caballos de cantar?


Juan Gelman



Ernesto Che Guevara ha ejercido y cumple una enorme influencia, especialmente entre la juventud, como ejemplo de permanente espíritu crítico, integridad moral y austeridad. Esta condición le permitió rechazar los convencionalismos, la fama y los privilegios. Una gran cantidad de hagiografías lo muestran como un tipo antropológico superior, en quien bulle la necesidad de transformar tanto a la sociedad como a la persona, con gran sensibilidad ante las injusticias y capaz de llegar hasta la propia inmolación.

El afán de contribuir a su mitificación, de insistir en abordarlo como un ícono ante nuestra inconfesada imposibilidad de vivir heroicamente, no ha permitido apreciar que, dentro del revolucionario sin concesiones, aguarda una persona de gran ternura, que encontró en la poesía el medio más sublime para expresar sus sentimientos.

La apologética del Che Guevara provoca su impermeabilidad frente a la duda y evita la aspereza de carácter que debió encauzar a lo largo del tiempo y un tono autoritario. Lo inocultable es que mantuvo las manos inmaculadas al no dejarse corromper por el poder y resistirse a las delicias deletéreas de la privilegiatura.

La constante lucha contra el asma lo llevó a afrontar los mayores desafíos, en cotidiana contienda con la muerte. Es memorable su convicción: “un absoluto sentido fatalista de mi misión me quita todo miedo”. Esa creencia cesó con las palabras que le dirigió a su verdugo: “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”.

Ernesto Che Guevara

de Nonoy Gámez

Nonoy Gámez (1976)


Mexicana, nació en Ahome. Estudió artes plásticas en el Centro Nacional de las Artes y pintura y dibujo en The University of Arizona y en la academia Arte Sotto un Tetto, en Florencia. Su obra la ha llevado a exponer, tanto individual como colectivamente, en México e Italia. Se desempeña de vez en cuando como ilustradora de libros infantiles y en las calles de varias ciudades, con los botes de pintura en la mano, realiza murales. Ante Rembrandt y Remedios Varo se sigue tallando los ojos. Y preguntando por los misterios del sueño llegó a la puerta de Freud. Actualmente forma parte de un proyecto del Instituto de Seguridad y Servicios de los Trabajadores del Estado para enseñarle pintura a niños y detonar la creatividad en estancias infantiles. A menudo insiste en que sabe bailar muy bien.




Calificarlo como poeta no proviene de constatar que escribió con palabras exquisitas sino de que supo decir cantando lo que no podía decirse de otra manera. Cinco décadas después de su muerte, tan escabrosa como heroica, sus enemigos no son sólo a quienes combatió; sus peores adversarios son los que han querido vaciar de contenido su imagen, estampándola en camisetas y conduciéndola al mercado de las cosas inútiles. Lector de poemas, creador él mismo, el Che Guevara ha inspirado a un sinfín de poetas y se ha convertido en viva sustancia que nutre el imaginario colectivo.

Tras varios años de búsqueda, logré reunir textos que permanecían dispersos en testimonios inencontrables, con el propósito de guardarlos en la grata solidez de un libro. No pretendo dulcificar la vida y obra del Che. El desafío es insistir en modificar nuestra manera de ver la realidad, acercándonos a Guevara con los ojos limpios y el corazón en la mano, repitiendo con Miguel Barnet: “No es que yo quiera darte / pluma por pistola / pero el poeta eres tú”.

En nuestra Guatemala irredenta tenemos necesidad de referentes para superar el escepticismo y el desencanto. Volver la mirada al Che tal vez provenga del tan confuso como desesperado intento de recuperar olvidados valores, como la honradez absoluta, el afán de lograr la justicia y el sentido del sacrificio. De ahí la importancia de reflexionar en términos como los de Foucault, que nos mostró el camino en Las palabras y las cosas: la hazaña “no consiste en un triunfo real –y por ello la victoria carece, en el fondo, de importancia–, sino en transformar la realidad en signo”. Es, precisamente, lo que ocurrió con Ernesto Guevara. Pero falta todavía encontrar en él lo esencial, esa alquimia que sintetiza a los contrarios, que reconcilia a Marx con Rimbaud. Dar con el Guevara salvado por el Che.

En Guatemala experimentó la toma de conciencia, pero le negaron trabajo y la oportunidad de defender la revolución encabezada por Jacobo Árbenz. Esta experiencia definió su intransigencia, pues el imperialismo no hace concesiones. Después encontró su causa y su destino entre los cubanos. El 2 de enero de 1959, quien ingresó en La Habana ya no era Ernesto Guevara, sino el Che.




Las obras dedicadas a destacar la conciencia literaria del Che identifican tres grandes bloques: el ensayo, la literatura testimonial y el epistolario. Pero la importancia que le concedió a la poesía se percibe en una de sus alocuciones, Una actitud nueva frente al trabajo. Un ejemplo de lo que Denia García Ronda calificó como la “poética política” del Che. Sin alardes de erudición, formula sus conceptos sobre el trabajo como el centro de la lucha por la construcción del socialismo, basándose en un poema de León Felipe:

“Si ustedes me permiten, les voy a ‘empujar’ un pequeño versito. ¡No se preocupen, porque no es de mi propia inspiración, como se dice! Es un poema –nada más que unos párrafos de un poema– de un hombre desesperado; es un poema escrito por un viejo poeta que está llegando al final de su vida, que tiene más de 80 años, que vio la causa política que defendiera la República española caer hace años; que desde entonces siguió en el exilio, y que vive hoy en México. En el último libro que editó hace unos años tenía unos párrafos interesantes. Decía así:

“… Pero el hombre es un niño laborioso y estúpido que ha convertido el trabajo en una sudorosa jornada, convirtió el palo del tambor en una azada y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo, se puso a cavar...

“Y después decía –más o menos, porque no tengo muy buena memoria: Quiero decir que nadie ha podido cavar al ritmo del sol, y que nadie todavía ha cortado una espiga con amor y con gracia.

“Es precisamente la actitud de los derrotados dentro de otro mundo, de otro mundo que nosotros ya hemos dejado afuera frente al trabajo; en todo caso la aspiración de volver a la naturaleza, de convertir en un juego el vivir cotidiano”.

Después de ese discurso, el “poeta en obras” que era el Che le escribió a León Felipe, a quien había conocido en sus años mexicanos. En la carta, le advierte que lo había citado para contradecir el pesimismo del poeta y proponer su imagen del hombre nuevo:

“Hace ya varios años, al tomar el poder la revolución, recibí su último libro, dedicado por Ud.

“Nunca se lo agradecí, pero siempre lo tuve muy presente. Tal vez le interese saber que uno de los dos o tres libros que tengo en mi cabecera es El ciervo; pocas veces puedo leerlo porque todavía en Cuba dormir, dejar el tiempo sin llenar con algo o descansar, simplemente, es un pecado de lesa dirigencia.

“El otro día asistí a un acto de gran significación para mí. La sala estaba atestada de obreros entusiastas y había un clima de hombre nuevo en el ambiente. Me afloró una gota del poeta fracasado que llevo dentro y recurrí a Ud., para polemizar a la distancia. Es mi homenaje; le ruego que así lo interprete”.

Años antes, tras la invasión mercenaria que había derrocado al gobierno de Árbenz, Guevara inició “la gran aventura a México”; era septiembre de 1954. Viajó en compañía del estudiante guatemalteco Julio Roberto Cáceres Valle, conocido como El Patojo, con quien forjó una entrañable amistad. Juntos compartieron soledades y premuras en la Ciudad de México. Después del triunfo revolucionario de 1959, Cáceres vivió en Cuba por invitación del Che. Pero regresó a Guatemala, donde murió en uno de los combates que dispersaron a la naciente guerrilla. La última crónica de Pasajes de la guerra revolucionaria es un retrato-homenaje para el amigo que había escrito y dejado en una libreta de notas “la recomendación final de sus versos como un imperativo”: “Toma, es sólo un corazón / tenlo en tu mano / y cuando llegue el día, / abre tu mano para que el sol lo caliente...”.

Son muchas las cartas en que manifestó su capacidad literaria. El 12 de abril de 1960 le escribió a Ernesto Sábato: “Cuando leí su libro Uno y el universo, que me fascinó, no pensaba que fuera Ud. –poseedor de lo que para mí era lo más sagrado del mundo, el título de escritor– quien me pidiera con el andar del tiempo una definición, una tarea de reencuentro, como Ud. llama, en base de una autoridad abonada por algunos hechos y muchos fenómenos subjetivos”. Aquí destaca el tiempo verbal “era”, porque, en la época de esa carta, para el Che no había nada más sagrado que su misión revolucionaria. El campo de las letras es ya un propósito ajeno a su ideario. Este desapego quedó plasmado en otra carta que le dirigió a Juan Ángel Cardi, fechada el 11 de noviembre de 1963, para comentar las novelas inéditas de éste: “Si le sirve de algo esta observación, me alegro, si no, no tome a mal mi franqueza. No sé cuál es su edad, ni su vocación de escritor; la única pasión que me guía en el campo que Ud. transita es transmitir la verdad (no me confunda con un defensor a ultranza del realismo socialista). Desde ese punto de vista miro todo”. En su lúcido ensayo El socialismo y el hombre en Cuba, critica el fallido camino del realismo socialista, que preconizaba que la realidad debía ser reflejada no como es sino como debiera ser, obviando los conflictos y contradicciones de la vida social.




Ernesto fue uno de esos niños lectores que ahora están al borde de la extinción. Los problemas de salud durante su infancia lo recluyeron en casa, ahí leyó lo que caía en sus manos. Algo de terapéutico tuvo ese hábito, según el recuerdo de Rosario López, la cocinera de los Guevara: “cuando le faltaba el aire y no podía respirar, se quedaba sentado en el borde de su cama, agachado, con los coditos apoyados en una mesa chica y leyendo, siempre leyendo. Se ve que esa posición tan incómoda lo hacía sentirse mejor”. Su madre Celia se hizo cargo de la educación de su hijo mayor, lo que provocó una singular relación entre ellos: “él y yo siempre pudimos entendernos casi sin hablar, tal vez porque nos atiborramos juntos con muchos libros cuando no podía salir a jugar, nos conmueven los mismos versos, usamos la ironía como un escudo, sabemos reír de cosas sin importancia y tratamos de evitar los excesos sentimentales”.

Sin título

de Christophe Forget

Christophe Forget (1981)


Francés, nació en Nantes. Ha cursado estudios en la École de Communication Visuelle y, con Jean Christophe Cadou, dibujo y acuarela. Integrante de los colectivos L’Arête-inutile y Centrale 7. Su técnica manifiesta una continua inquisición, especialmente a partir de su comercio con el grabado y el monotipo. Pródigas en el tratamiento del color, en sus obras se crean atmósferas oníricas, acentuadas por una dualidad hombre-animal. Forget suele decir que, al retirar la placa, aparecen, más que meras imágenes fantásticas, unos particularísimos seres sostenidos por la imaginación. Hasta la fecha, suman treinta y tres sus exposiciones en Francia y Bélgica. Tiene bien claro que Johan Van Mullem y Mélanie Duchaussoy le han permitido descubrir algunas claves de su oficio. Le gusta internarse en bosques y escalar montañas.




El estremecimiento poético a Ernesto le vino de su madre, que prefería las lecturas en francés y repetía de memoria a Baudelaire. Los poemas de éste sobre el viaje como una experiencia metafísica lo marcaron en su vocación de peregrino. Le volvieron “el corazón ligero, semejante a un globo”.

El francés era cultivado por las élites en Argentina y su inmersión en él contribuyó a definir la bizarría intelectual de Ernesto Guevara, su “altivez”, en un país cuyo “color local” es un crisol de culturas. La arrogancia de Ernesto quedó de manifiesto cuando Alberto Granado, gran lector y compañero de aventuras en su segundo viaje por América Latina, puso en duda que hubiera leído Luz de agosto de Faulkner, ya que, en 1945, el libro no había sido traducido al español; Guevara alegó: “Lo leí en francés”.

Su compulsión lo llevó a leer de todo: “Oye, Mial –de ‘mi Alberto’–, cada vez que el asma me ataca, o que tengo que quedarme en casa tratándome con los sahumerios que me han recetado, aprovecho esas dos o tres horas para leer todo lo posible”. Así Ernesto se leyó a Julio Verne y Jack London, Horacio Quiroga y Emilio Salgari. Las novelas le plantaron la urgencia de la acción y abrieron su imaginación a territorios siempre inagotables. En Guatemala (1953-1954), durante la decisiva etapa de formación como revolucionario, compartió con la economista peruana Hilda Gadea, quien dio testimonio de sus afinidades: “En cuanto a cultura general, habíamos leído casi lo mismo: los clásicos, los modernos, e incluso también nos gustaban las novelas de aventuras y todo lo referente a viajes interplanetarios. Me contó, riéndose, que cuando estaba en la secundaria se dedicó a leer verdaderamente y comenzó a ‘comerse’ la biblioteca de su padre sin orden alguno, pues los libros no estaban clasificados. Al lado de una novela de aventuras encontraba una tragedia griega y en seguida un libro marxista”.

El Che leía siempre y donde quiera. Antes de un entrenamiento de rugby, abría un libro y se ponía a leer. Leía de “una manera intensiva, caótica, pero indudablemente con un método, con una extraña guía”. Un médico español, exiliado en Argentina, se sorprendió de que, con quince o dieciséis años, estuviera sumido en la obra de Freud y lo comentó con sus hijos. Al descubrir una biblioteca en el Cuzco, en Perú, consultó con pasión obras de historia y arqueología. En México se empleó como vendedor de libros de una editorial y después como cuidador en exposiciones. En vísperas del viaje a Cuba en el Granma, compró Reportaje al pie de la horca de Julius Fučík y La joven guardia de Alexandr Fadéiev para obsequiárselos a su compañero Carlos Bermúdez. En la Sierra Maestra, mientras otros dormían, él aprovechaba la luz de la hoguera. Su mochila era la más pesada porque estaba llena de libros. Su amiga Chana, una campesina, se sorprendió al verlo sumido en “libros sin dibujos, todos llenos de letras”. Y se acuerda de que “cuando él cogía un libro, se quedaba calladito, medio ido, con la cara muy suavecita y como si estuviera en otro mundo”. Con los soldados y los campesinos de La Mesa hablaba de los autores de esos volúmenes: Victor Hugo, Rubén Darío, Tagore, Neruda. Acevedo, un joven de catorce años, hurgó en su mochila: “Cuál no será mi sorpresa, no es de Mao ni de Stalin, es lo que menos esperaba: Un yanki en la corte del rey Arturo. No salgo del estupor”.




Gracias a Neruda, Guevara aprendió que la verdadera poesía no está en la escritura sino en una existencia independiente. La poesía es una metafísica por su necesidad de realidad. También es un sentimiento despertado, por ejemplo, por una mujer, su prima Carmen Córdova Iturburu de la Serna, a quien le decían La Negrita y que hizo el retrato del adolescente Ernesto, cortejándola: “Tratándose de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, podía recitarlos del primero al vigésimo, sin olvidar, claro está, la canción desesperada”.

Neruda conoció al Che después del triunfo de 1959. El encuentro se dio luego de un recital que compartió con Nicolás Guillén. “Me había citado para la medianoche, pero era casi la una cuando llegué, retrasado por un acto oficial interminable”. Como a todo el mundo, a Neruda le impresionó el contraste entre el aspecto marcial del que era presidente del Banco Nacional de Cuba, con pistola al cinto, y el decorado presidencial del despacho:

“El Che era moreno, pausado en el hablar, con indudable acento argentino. Era un hombre para conversar con él despacio, en la pampa, entre mate y mate. Sus frases eran cortas y remataban en una sonrisa, como si dejara en el aire el comentario.

“Me halagó lo que me dijo de mi libro Canto general. Acostumbraba leerlo por la noche a sus guerrilleros, en la Sierra Maestra”.

Y sin embargo:

“Algo me dijo el Che aquella noche que me desorientó bastante pero que tal vez explica en parte su destino. Su mirada iba de mis ojos a la ventana oscura del recinto bancario. Hablábamos de una posible invasión norteamericana a Cuba. Yo había visto por las calles de La Habana sacos de arena diseminados en puntos estratégicos. Él dijo súbitamente:

–La guerra… La guerra… Siempre estamos contra la guerra pero cuando la hemos hecho no podemos vivir sin la guerra. En todo instante queremos volver a ella”.

En busca de esa guerra, el Che partió hacia el Congo en marzo de 1965. Roberto Fernández Retamar lo buscó en el Ministerio de Industrias para recuperar una antología de poesía que le había prestado. Antes de devolverle el libro, el ministro había copiado Farewell, el poema en el que Neruda declara: “Amo el amor de los marineros / que besan y se van”.

El 7 de noviembre de 1966, el Che anotó en su agenda alemana rojo oscuro: “Hoy comienza una nueva etapa”. Ahora está en Bolivia, después de sus diez años cubanos y del fracaso africano. Trata de devolverle la vida al viejo sueño bolivariano de la liberación continental. Sin saberlo, se hace eco de las palabras de André Breton: “El poeta del futuro superará la idea deprimente del divorcio irreparable de la acción y del sueño”. Será ese poeta.

Correos de ultramar

de Guillermo Olguín

Guillermo Olguín (1969)


Mexicano, nació en el Distrito Federal. En Seattle, se formó en el Cornish College of the Arts y, después, en la Universidad de Bellas Artes de Hungría y en Toulouse. En pintura o dibujo, gráfica o fotografía intervenida, su obra se caracteriza por explorar los climas metafísicos del viaje, su mitología y sus ritos paganos. Enfrenta a los materiales con audacia: escultura en bronce, cerámica y textiles. Y el color se indaga a sí mismo en busca de poesía. Hasta la fecha, ha expuesto de manera individual y colectiva en México, Brasil, Argentina, Cuba, Paraguay, EUA, Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Hungría, España, Portugal, Finlandia y Japón. Fruto de su labor, ilustró La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, entre otros. Su compromiso con los pueblos indígenas lo llevó, sin darse cuenta, al mundo del mezcal.




La guerrilla boliviana inició su declive al dividirse en dos columnas que no volverían a encontrarse. El 25 de abril de 1967 fue un día negro para el Che. Los insurgentes combatieron contra un destacamento de sesenta militares que iba persiguiéndolos. En la acción murió Eliseo Reyes –alias Rolando–, de 27 años, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y un veterano de la columna del Che, que dejó aflorar su pesadumbre: “Al producirse un alto mandé a Urbano para que ordenara la retirada pero vino con la noticia de que Rolando estaba herido; lo trajeron al poco rato ya exangüe y murió cuando se empezaba a pasarle plasma. Un balazo le había partido el fémur y todo el paquete vasculonervioso; se fue en sangre antes de poder actuar. Hemos perdido el mejor hombre de la guerrilla, y naturalmente, uno de sus pilares, compañero mío desde que, siendo casi un niño, fue mensajero de la columna 4, hasta la invasión y esta nueva aventura revolucionaria; de su muerte oscura sólo cabe decir, para un hipotético futuro que pudiera cristalizar: ‘Tu cadáver pequeño de capitán valiente ha extendido en lo inmenso su metálica forma’”.

Una vez más recurre a la poesía para expresar sus sentimientos más profundos. Cita a Neruda, un verso del “Canto a Bolívar”, que integra el volumen España en el corazón: himno a las glorias del pueblo en la guerra que leían los republicanos, alumbrados por las fogatas en las trincheras.

Ante el asesinato del Che, Neruda incluyó “Tristeza en la muerte de un héroe” en su libro Fin de mundo. Una elegía que exalta a la figura pero continúa con la posición que asumió en Aún, escrito aparentemente de manera paralela y donde se refiere a aquel “joven con su tierna indigestión de guerrillas”. Neruda había perdido, según parece, la confianza en las aventuras insurgentes latinoamericanas. En “La puerta” de Fin de mundo se reflexiona dramáticamente: “Qué siglo permanente / Preguntamos: / Cuándo caerá? Cuándo se irá de bruces / al compacto, al vacío? / A la revolución idolatrada? / O a la definitiva / mentira patriarcal?”.




Al ser detenido en México, en la cárcel migratoria de la calle Miguel Schultz, Guevara le entregó a su entonces esposa Hilda Gadea el borrador de un poema –Canto a Fidel–, y le dijo: “Guárdalo, lo hice en el rancho”. Tenía algunas pequeñas correcciones y estaba en manuscrito. Al preguntarle si lo conocía Fidel, respondió: “No, por ahora no es oportuno; lo había escrito para dárselo en alta mar”. Hilda publicó el poema en Lima, cuando luchaban en la Sierra Maestra. Es primordial destacar que el Che no le concedía ningún valor literario a su poesía, que su intención, más bien, era que sirviera de recuerdo. Años después, Leonel Soto, director de Verde Olivo, también lo publicó. El Che, según la revista Proceso, “le mandó una nota indignado, donde le advertía que no podía publicar nada sin permiso y menos ‘esos versos que son horribles’”. Para él, “su poesía era algo privado”. En otra ocasión, cuando José Pardo Llada “ofreció publicar o leer por radio un poema suyo, el Che lo amenazó en broma con llevarlo al paredón”.

Esta poesía anuncia los viajes y la guerra, resalta la bondad y la crueldad, pide destacar la amistad. Después de recorrer todas las distancias y amanecer en todos los climas, muestra que la injusticia sólo puede producir indignación; que amar es defender causas profundas; que el honor del poeta se cumple al salir a la calle y tomar parte en los combates de palabras y en las demás batallas. Porque la poesía es la primera insurrección.

Los suyos son poemas de un hombre que aprendió que “no hay soledad inexpugnable”. Son poemas del camino, para atravesar sin temor las asperezas y el silencio. Poemas del peregrino que no deja de creer en nuevas estaciones. Poemas de despedida para el amigo que no supo de la algarabía de los “rojos corales palpitantes”. Poemas que juran ante el lecho de María, la humilde lavandera que el poeta cuidó en el hospital, que “tus nietos todos vivirán la aurora” y también le hablan en serio: “Ni reces al dios inclemente / que toda una vida mintió tu esperanza. / Ni pidas clemencia a la muerte / para ver crecer a tus caricias pardas; / los cielos son sordos”. Poemas sin balbuceos o vacilaciones. Si el horizonte no se abre más allá del sistema de premios y castigos que rodea a la creación literaria, en la poesía del Che no se encontrará un alto vuelo, pero tampoco puede negarse la fecundidad de su contenido y la solidez de su espontaneidad. Su verdadera historia está en esa palabra matinal.

Marco Vinicio Mejía (1958)


Guatemalteco, nació en la ciudad de Guatemala. Narrador y periodista. Se doctoró en Derecho en la Universidad de San Carlos y en Filosofía en la Universidad Rafael Landívar. Entre sus obras más importantes figuran: las novelas Venga tu reino y Por la inmortalidad del cangrejo, los libros de ensayo Espejos de piedra oscura y Minutos de Neruda en horas de Guatemala y el poemario Cuadernos de Ruth. Es autor de la biografía Miguel Ángel Asturias, el inevitable, del libro de historia La importancia de llamarse Che y compilador de la Poesía completa del Che Guevara. Obtuvo en tres ocasiones el primer premio del Certamen Permanente Centroamericano 15 de septiembre. Y hace poco lo recibió el Parlamento de Palestina.