Galeano nos dice que recordar significa volver a pasar por el corazón. Y estas inquisiciones en eso se empeñan. Con los viajes de un monje que inspiró a Cristóbal Colón, con la luz de vela que ha sido Simón Rodríguez para América, con las primeras crónicas rioplatenses sobre cine. También repasan momentos del último gran narrador de América Latina, que siempre escribió contra la felicidad perfecta de la desmemoria.

No.

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Simón Rodríguez
El filósofo más extraordinario de nuestra América


María del Rayo Ramírez Fierro


Pocos conocen a Simón Rodríguez. Nació en Caracas en 1769 y murió en Amotape, un pueblito de Perú, en 1854. Vivió casi ochenta y cinco años, y dejó muchos rostros. El que más se acerca a lo que decía de sí mismo es el retrato de Paul Marcoy, un explorador francés con el que se reunió por ahí de 1843, cerca del lago Titicaca. El propio Rodríguez decía que era zambo, mezcla muy americana de sangre india y negra. Conocemos otro retrato de Simón, el que, alrededor de 1850, en Latacunga, Ecuador, le hizo Antonio Guerrero, uno de sus estudiantes. Se le ve viejito, con su bastón con una vela para iluminar el camino. Él mismo hacía las velas y las vendía en las tiendas o pulperías que llegó a tener para sobrevivir. Como la luz de esas velas, Simón quería alumbrar a los americanos con sus ideas.

Simón Rodríguez por Paul Marcoy



A los ojos de Antonio Guerrero



Fueron varios los grandes personajes a los que Simón Rodríguez inspiró. Gracias a una investigación reciente de Álvaro García San Martín, se sabe que el filósofo chileno Francisco Bilbao estaba ligado a las enseñanzas del caraqueño. En 1844, Bilbao, con tan solo veintiún años, publicó Sociabilidad chilena y fundó, en 1849, con otros amigos, la Sociedad de la Igualdad, donde artesanos e intelectuales radicales aprendían y debatían sobre la vida política de Chile. Y el redactor del periódico El pueblo, Santiago Ramos “El quebradiño”, también chileno, se reconoció como discípulo de Simón en 1846.

Pero ¿por qué decir que Simón Rodríguez es un filósofo? Primero se hace necesario explicar qué es filosofar. Filosofar es preguntarse sobre el mundo, sobre las cosas que nos preocupan, sobre los problemas de la realidad. Simón se hacía preguntas todo el tiempo; sabemos, por sus cartas, que le gustaba caminar y que prefería parecerse a los ríos más que a las montañas y los árboles. A los veintitrés años salió de Caracas rumbo a Europa. Llegó a Jamaica; luego se dirigió a Baltimore, en Estados Unidos, y desde allí cruzó el Atlántico. En su larga errancia de veintiséis años vivió en Francia, Polonia y Rusia, entre otros lugares. Se cambió el nombre por el de Samuel Robinson, también con las iniciales S. R., con las que le gustaba firmar sus obras. Regresó a América en 1823 y afirmaba traer en un baúl un montón de escritos que permitirían cambiar la realidad de la América independiente. Por donde pasa, desde su retorno hasta su muerte, funda escuelas y talleres o se da a la tarea de buscar alumnos para enseñar.

Simón Bolívar fue acaso su discípulo más reconocido. Lo conoció desde niño. Con él se reunió en 1825 y viajaron juntos al Alto Perú para fundar la República de Bolivia, en honor del Libertador. En la joven Bolivia, Simón Rodríguez echó a andar su proyecto de educación popular en una escuela modelo; ahí, niños y niñas, e incluso sus padres y sus madres, aprendían a comunicar sus ideas y a realizar algún oficio. Como su intención era que los niños y niñas pobres o de la calle aprendieran junto a la “gente decente”, le cerraron las escuelas. Después de esa amarga experiencia empieza a publicar sus obras. Era 1828.

Aprendió de joven el oficio de tipógrafo y lo aplicó a sus textos. De 1828 a 1851 –tres años antes de morir–, se dedicó a publicar, como pudo, sus pensamientos: en hojas sueltas, artículos, cuadernos o libros. Sus ideas lo muestran de cuerpo entero como un filósofo extraordinario. Baste un botón: a propósito de la escuela, en 1849 escribió en el periódico Neo-granadino que


Para Simón, sin distinción social, se piensa desde la infancia. Por lo tanto la escuela no enseña a pensar sino a comunicar lo que se piensa y a aprender los medios para cubrir necesidades indispensables: alimentación, vestido, alojamiento, curación y distracción. Y aún más, propuso una escuela para todos, niños y niñas, morenos, mulatos y pobres.


Y quería que todos esos niños compartieran escuela con “los blanquitos”. Simón pensaba que América estaba constituida por muchísima gente de rasgos y condiciones diferentes, pero, al fin y al cabo, gente americana. Que la naturaleza no hace a los seres humanos estúpidos o esclavos, sino que la responsabilidad recae en la sociedad que mantiene las diferencias y las jerarquías. Que la “gentuza” o “plebe” –es decir, los que estaban únicamente destinados a aprender oficios bajos para sobrevivir– debía ir a la escuela. Que había que dibujar sus propios pensamientos en papel y entonces plasmó en uno el cuadro de América.


Para Simón, de todos estos grupos y castas –que se constituyeron durante la época colonial–, lo más importante era su niñez. Y las escuelas, fundamentales. Sin embargo, a diferencia del resto de maestros de su época –y tal vez de la nuestra–, creía que el objetivo de la escuela de primeras letras no debía ser enseñar a leer, escribir ni contar.


En sus Consejos de amigo dados al Colegio de Latacunga (1851), una de sus últimas obras, Simón Rodríguez le dedica a su rector un cuaderno manuscrito en el que explica cómo enseñar a los niños. Entre otras cosas, advierte que a la escuela deben ir maestros que sepan enseñar a aprender. El


Y le recomendó al rector que llevara a su colegio a los MAESTROS de albañilería, herrería y carpintería, para relacionar el aprendizaje de las letras con el de los oficios, para que toda la gente pudiera expresarse y ganarse la vida por medio de un trabajo socialmente necesario.

Pero lo verdaderamente trascendental es que las escuelas y los MAESTROS


La escuela de Simón Rodríguez se asemeja mucho a un taller; es decir, un lugar de reunión para resolver algo, para trabajar en colaboración, para aprender haciendo. Su fin es enseñar la sociabilidad, que no es otra cosa que aprender a vivir en sociedad. Dos de sus principios filosóficos son que todos necesitamos de todos y que todo lo que existe en la naturaleza y todo lo que hacemos está interconectado.

Quiero cerrar con la portada de Luces y virtudes sociales (1840). En ella se resumen las ideas filosóficas que nos legó para poder repensar nuestra América.


María del Rayo Ramírez Fierro (1961)


Mexicana, nació en Puebla. Su afición a la filosofía la llevó a la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado Simón Rodríguez y su utopía para América y Utopología desde nuestra América. Sus trabajos integran libros colectivos, como El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y “latino”, 1300-2000, y el Diccionario del pensamiento alternativo. Es editora de El Mercurio Rodriguista, que se auto-define como un “periódico lúdico y de transgresión académica”. En la Universidad Autónoma de la Ciudad de México ejerce la investigación y la docencia. Tiene una hija.