Galeano nos dice que recordar significa volver a pasar por el corazón. Y estas inquisiciones en eso se empeñan. Con los viajes de un monje que inspiró a Cristóbal Colón, con la luz de vela que ha sido Simón Rodríguez para América, con las primeras crónicas rioplatenses sobre cine. También repasan momentos del último gran narrador de América Latina, que siempre escribió contra la felicidad perfecta de la desmemoria.

No.

ENTRADAS

Encrucijadas
Memorial del tiempo y El regreso de Jesús Morales Bermúdez


Giorgia Piras


Seguimos la cadencia de las conversaciones, el ritmo de los narradores que escuchan, el paso de los ciclos agrícolas, de la siembra de la milpa, de las palabras verdaderas. Memorial del tiempo o vía de las conversaciones tiene métrica de lluvia. Jesús Morales Bermúdez habla desde la mirada del pueblo ch’ol, desde Los Altos de Chiapas, a comienzos de los años setenta, cuando un suicidio sacudió Chile, en 1973, y el Primer Congreso Indígena de Chiapas Bartolomé de Las Casas, de 1974, estaba a punto de empezar.

En aquellos años, Chiapas figuraba como un laboratorio de movimientos sociales y políticos, principalmente de origen indígena y campesino, aunque llegaron a incluir a la población ladina. Y la Iglesia católica progresista tuvo un rol central en la organización del Congreso Indígena, habiéndose instalado en la zona de Los Altos: tierra poblada por finqueros y campesinos ch’oles, adonde Jesús Morales Bermúdez llegó a los veinticinco años. Sabanilla fue el pueblo elegido para la estancia organizativa que se tradujo en experiencia indeleble, en la que se descubrió y afirmó la dimensión conversacional.

“Se trataba de un esfuerzo por hacer coherentes las inquietudes que siguieron al movimiento estudiantil de 1968 y al jueves de Corpus del año de 1971: destino generacional. Destino también, que me condujo a vivir entre los ch’oles por un periodo de cuatro años y, dos más, con los tzeltales de la selva y de la sierra. Por esos años, gran parte de las preocupaciones de estudiantes, militantes, trabajadores sociales, etcétera, giraban en torno a la construcción de una nueva sociedad, de un hombre nuevo. Se iniciaba el desencanto”.

Memorial del tiempo nació años más tarde, en 1987. El autor vivía ya en el Distrito Federal, después de haber transcurrido seis años entre Los Altos y la Selva Lacandona, que en aquel entonces eran metas de la reforma agraria para fines de reubicación y repoblación, y el teatro de las migraciones tzeltales. La novela atendió a un llamado: la memoria vívida de aquella experiencia que regresó al corazón. “En este caso, para decirlo con sus palabras, los protagonistas han venido a asentarse en mi corazón, han venido a vivir un tiempo en mí, para no vivir solos; para no volvernos olvido”.

Claro está que, desde su formación antropológica, Morales Bermúdez hubiera podido hacer una observación detallada de lo que fue la organización del Congreso Indígena y de los movimientos que surgieron a raíz de ese encuentro multiétnico; sin embargo, su intención fue primordialmente la de compartir su experiencia con palabras verdaderas, sin ningún filtro académico o disciplinario. Lo que comunica Morales Bermúdez es la profunda conciencia de que, aunque las palabras tengan alas, al mismo tiempo permanecen. Y la elocuencia es una dimensión que involucra a los que saben primero escuchar: “Así como venimos contando porque hay cuentos que pasan en los lugares así como vivimos, así contamos cosas según como nos tenemos recordado. Pero se pasa hay veces que ya tenemos olvido así como de sucesos que ya se pasaron los que son campesino como nosotros, como mismo pues, igual como nosostros que dicen la palabra verdadera”.

Memorial es una novela que entrega su completa comprensión en la lectura en voz alta. Es una obra que necesita ser escuchada; traza un camino circular en sus andanzas discursivas, tiene su origen en la oralidad y hacia allá versa. Busca atrapar una vertiente conversativa del mundo chiapaneco a través de una modalidad de habla típica de la región, el castía o castilla. Así que desde aquella memoria conversacional brotan paisajes y personajes plenos de vitalidad en los que se trenzan realidad y poesía.

Sin título

de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.


En Memorial, la naturaleza y el ser humano co-laboran; es decir, trabajan juntos con el fin de armonizar con el cosmos –factor imprescindible para lograr la afirmación social y política de los hombres verdaderos. Y se reconocen: “Así mi pensamento como se da; mi sentir, mi corazón, tal vez que es viento, viento. Sólo hay gusto para estar en todos lados. Cuando me ando en montaña lo siento viento que está tranquilo, quieto, sabroso, en silencio, como si es que montaña es su casa y que de una vez se calla para que nomás se escucha sus cantos los pájaros, su sonido el río, su murmullo las cuevas”.

El proceso metafórico del mundo natural alimenta una visión de la vida. En la tierra y sus ciclos el humano se reconoce y desde ahí mide sus emociones. Se pueden encontrar mariposas que se vuelven palabras; corazones que se sienten tazas de café, jaguares; pescados que nadan en una jícara de pozol: “Sólo tengo que mirar cómo se sube de humo mi corazón y ai cuando se va subiendo, de un salto se lo traga un tigre y el tigre en su salto cae. Lo miro el tigre que se cae en el río y que rápido se pasa un pescado y sólo de abrir y cerrar su boca, de un trago se traga el pescado el tigre. ¿Cuál mi asombro? ¿Cuál su significado? Agarro mi jícara de pozol. Lo echo agua del río en mi jícara de pozol, bato mi pozol para tomarlo. Antes de tomarlo mi pozol, lo miro: en mi jícara se anda nadando un pescadito. Es chiquito, es rápido, es con figura de tigre el pescadito que nada en mi pozol. Es mediodía. Está fresco en la sombra y hay calor. De un buche, a pechos, de una vez lo tomo mi pozol. Siento que por mi tripa baja el pescado; llega en mi estómago el pescado, ahí se pone a nadar. Otra vuelta encuentra acomodo mi corazón. Entonces se pone claro mi pensamiento: lo tengo por figura el pescado, ese mero que es mi nagual. Pero más adentro en el pescado se encuentra mero figura mi corazón: el tigre, así está hecho para que va a acompañar. Así está claro en mi vida. Así el nagual que lo va a acompañar”.

Para los oídos ensordecidos por el boom, esto puede tocar al realismo mágico –la colonización de la estética por parte de las editoriales trasnacionales ha trazado un perfil unitario de la literatura latinoamericana, que muchas veces oculta poéticas alter-nativas. La revelación del nagual al protagonista don Diego es complementaria de su emancipación social y política como sanmiguelero y organizador de reivindicaciones sociales. En el mundo de Memorial, los elementos naturales, los saberes y el ser mismo son factores que concurren en la construcción de una narración alternativa de la historia: una novela que representa de manera horizontal la cosmología indígena.

De forma especial, Memorial del tiempo se impuso al autor antes de cualquier preocupación literaria: “Si creyera en la inspiración afirmaría la gratuidad del hecho literario; confirmo, en cambio, que uno retribuye las deudas que adquiere a lo largo de la vida”. Y si bien, para Morales Bermúdez, se cerraba entonces una época de venturoso diálogo, otra deuda volvió a presentarse. La que retribuyó con la publicación de El regreso. Nueva vía de conversaciones (2013), luego de un viaje a Europa. El verbo regresar tiene algo de mítico en su sentido –no hay caminos que el caminante pise dos veces. El regreso parece el encuentro renovado con la dimensión conversativa que brota desde la experiencia reciente del autor: los personajes proyectan rutas de recuerdos que se reflejan en nuevas vías de conversaciones. Otra vez la vuelta a la elocuencia. El regreso parece un faro apuntado hacia la memoria, mira hacia ella y la clarifica, situándola en una red más amplia de sucesos. Don Diego tiene ahora nuevos interlocutores, que vienen desde lugares lejanos y toman parte en la construcción de la memoria. La lengua no es más el castilla, ahora es un español llano, que guarda el carácter circular de Memorial: “He vuelto. Al cabo de los años a las cercanías de mi pueblo he vuelto, sitio de mis mayores, he vuelto. Un hombre sabio quise ser, de infortunios hombre he sido, de sucesos, de palabras también, de pocas palabras, y de escucha”.

La voz es la verdadera protagonista de la obra. Por la boca de don Diego fluyen ríos de palabras que inundan las casi 300 páginas, y sitúan este regreso en un espacio liminar, “entre caminos y mundo, extrañezas y asombros, pesares y gozos”.

Giorgia Piras (1981)


Italiana, nació en Oristano. Egresó del doctorado en Literatura comparada de la Università degli Studi di Cagliari. Su tesis: Come abitare la zona di contatto? Dinamiche di doppia traduzione in Memorial del tiempo o vía de las conversaciones di Jesús Morales Bermúdez. Sus estudios se extienden a la literatura mexicana, especialmente a la literatura indígena y a las formas de traducción y auto-traducción entre las lenguas mayenses y la lengua española. En la actualidad investiga los discursos audiovisuales en el Amazonas de Brasil. Rulfo y Revueltas, “los muy tremendos”, le dejaron huellas.