Hace añares, los navegantes solían decir que navegar es necesario; vivir, no. Desafiando los vientos y sus diabladas, un archipiélago de inquisiciones establece las coordenadas de nuestro tiempo: racismo y violencia. Y a contraviento la palabra tiene todavía el coraje de aferrarse a la vida y redimirla. Y navegando pone al descubierto los trabajos y los días de ciertos autores. Es un barquito buscando su puerto.

No.

ENTRADAS

Octavio Paz y el laberinto cultural del periodismo


José Ángel Leyva


El periodismo cultural se forja con el tiempo que transcurre, con el presente; se alimenta también del pasado para mantener su vigencia, su carácter oportuno y pertinente. El periodista cultural es un intelectual que olfatea y ve de noche, reconoce la andadura de la historia y de los acontecimientos “menores” junto a los otros que pasan como una pirámide ante los ojos del mundo. Tiene, sí, el periodista cultural mucho de escritor literario, pero sin fábula, se abstiene del mito, es un lector perspicaz de la realidad y de los libros, de los diarios, un sujeto dialogante con los signos y los símbolos actuales, pero sin perder de vista la tradición literaria y la reflexión sobre el pasado, las interrogantes del porvenir. Un intelectual dinámico, testigo y a menudo parte del elenco de una época.

Miguel Ángel Quemain es a todas luces un representante de esa estirpe, yo diría, escasa. En México hay ejemplos ineludibles, como Fernando Benítez, Huberto Batis, Cristina Pacheco, Víctor Roura, Pablo Espinosa, Braulio Peralta, Magali Tercero, Humberto Musacchio, por citar algunos ejemplos, y los hay también quienes han hecho periodismo desde su trinchera literaria, como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Juan Villoro y no se diga Gabriel García Márquez. Hoy el periodismo narrativo representa un campo de interés para las grandes editoriales, sobre todo cuando las historias brotan de las llagas y muestran imágenes desgarradoras, purulentas o salpicadas de sangre y terror; aunque también algunas tejen fino con los hilos de una realidad igualmente dramática pero invisible.

Lo cierto es que el periodismo cultural mantiene su legitimidad en la escritura, en el periodismo impreso. Desde allí se aproxima, cada vez más, al fenómeno editorial. Al mismo tiempo, surgen representantes de un periodismo que se instala en las fronteras de la literatura, periodismo narrativo le llaman algunos, donde se afinca, pero del otro lado, una literatura que abreva en las fuentes de la realidad, de la acción, de la investigación. Periodistas que en otro momento nos sorprendieron con sus reportajes y sus escritos desde las trincheras de una realidad invisible u oculta han hallado o abierto brecha en el mercado editorial con sus libros extraídos del oficio periodístico. Casi novelas, por lo bien escritos, por la calidad de su prosa y su estructura, pero ese casi no rebasa el límite ni cede ante la tentación de la fábula, del mito. El periodismo permanece fiel a su ámbito de realidad.

A diferencia del escritor, el periodista suele ser un agente transversal de la cultura; no obstante, es víctima de la separación de las dos culturas, la humanista y la científica y tecnológica, y de algún modo de la malformación que padece la educación al considerar intelectuales sólo a los escritores y no a otros gremios que aportan conocimiento, información e ideas. Subyace, por supuesto, un claro antiintelectualismo. Asumirse intelectual en una sociedad mayoritariamente analfabeta es visto como un gesto de esnobismo y arrogancia. Preguntar, paradójicamente, es, por un lado, de tontos y, por otro, de individuos incómodos e insumisos.

Sin título

de Eric Demelis

Eric Demelis (1974)


Francés, nació en Annecy. Reside en Grenoble. Se declara autodidacta. Su devoción por la pintura flamenca, en particular Pieter Brueghel “El Joven” y El Bosco, el Art Brut y el cómic lo inclinó al dibujo. Aunque durante largos años se desempeñó en los más diversos oficios, confiesa que se decidió a ejercer el dibujo a partir de una historia de amor y un periodo de desempleo. En sus figuras deformes en tinta india, carboncillo, acrílico y modelado, paradójicamente prevalece y se acentúa lo humano. Estos personajes expresan la dualidad entre el bien y el mal. Priva en su lenguaje la idea de transfigurar la asfixiante angustia del mundo contemporáneo. Ha expuesto en muchas partes de Francia, Italia y Bélgica.



La brújula y el laberinto. Encuentros con Octavio Paz, 1986-1996 de Miguel Ángel Quemain nos abre senderos para interrogar a la figura dialogante, dialógica, de Paz, pero a la vez nos coloca ante un ejemplo de periodismo cultural. La obra responde a una exigencia sine qua non de su ejercicio, darle visibilidad al hecho cultural. El libro es un producto editorial que recoge diversos momentos de una larga conversación fragmentada con el Nobel mexicano y, en ese sentido, también se propone como un documento histórico en una coyuntura postcentenario de su natalicio y entre los fastuosos, pero sobre todo complacientes homenajes al poeta, que tan poco ayudan a comprender y a ganar lectores críticos para su obra. Si algo identificó a Paz fue justamente lo contrario de esa canonización meliflua: la pasión crítica, la esgrima intelectual, la polémica hasta sus últimas consecuencias. Y es allí donde se sitúa el instinto y la percepción del periodista, en el discurso privado y público de un hombre que selecciona las preguntas y las circunstancias para dar respuestas a sus lectores, pero deja que el reportero conserve un material fresco donde se ve otra cara del interlocutor.

Quemain me recuerda en este libro a lo que de algún modo hizo Fernando Sorrentino en Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, o con Bioy Casares. El propio Borges reconocía que, con sus preguntas y el profundo conocimiento de su obra, el periodista había inventado a Borges, conduciéndolo a espacios de reflexión y de reconocimiento que de otro modo no hubiese visitado. La ausencia física de Paz le permite a Miguel Ángel Quemain darle presencia a la voz de su entrevistado, revelando incluso partes olvidadas u omitidas por el propio escritor o por la prudencia del periodista. ¿Qué tan válido es este esfuerzo de rescate histórico, confeccionado con las herramientas de la edición, sin traicionar el espíritu periodístico que lo mueve? ¿Qué diría el propio Paz de esta pieza que organiza su discurso en la línea del pensamiento y del contexto sociocultural más que del tiempo? Puedo suponer que se sentiría identificado en el reflejo trascendente de sus propias palabras.

Quemain nos da acceso al Paz público, pero sobre todo nos sitúa ante el Paz menos público, el que habla pensando, sí, en la posteridad, pero calculando los tiempos de aparición de sus declaraciones, o casi confesiones, cuando da nombre a los actores de la escena cultural y los desvela en su mirada crítica y afectiva. Pone a salvo a sus colegas, a sus colaboradores, por cualidades útiles a la causa de sus proyectos y es implacable con quienes considera sus iguales, sus pares, o casi. La razón crítica de Paz demanda un juicio desacralizador para evitar que se convierta en momia de los sarcófagos oficiales, del culto babeante, de los clichés; para impedir, además, la estigmatización fóbica de quienes lo detestan por razones extraliterarias, por ignorancia o por inercia ideológica. Hace falta preguntarse por Paz, preguntarle a él para deconstruirlo, abstraerlo, sintetizarlo, ponerlo en crisis. Paz mismo, por ejemplo, habla de Alfonso Reyes para enfocarlo en una zona que pocos priorizan, el Reyes poeta. Invierte la visión para asegurar que el ensayista y el pensador no lo son tanto, o no tan buenos como nos han querido hacer creer. Lo mismo hace con Monsiváis, consciente de lo que significa abordarlo, a él le reprocha no asumirse como escritor, ser un conductor de beneficios para sus correligionarios y pretender la crónica de lo cotidiano en un país que demanda la crónica de los grandes sucesos; lo desafía a salirse del armario para pensar abiertamente en la posteridad y polemizar sin falsa modestia. Hay aprecio y admiración en el reclamo, lamento por sentir que su sensibilidad y talento literario se desperdicia en la impostación de lo “popular”.

Lúcido sobre las consecuencias de las herramientas, pero consciente del enigma de la sustancia, de esos cuatro puntos cardinales que establece en la geometría o la arquitectura de Octavio Paz, árbol adentro: norte, yo del poeta frente al tiempo; este, el poeta que habla con la ciudad, con los hombres; al oeste, con los pintores; al sur el poeta habla con el amor, y al centro, con la mujer. La columna vertebral es la meditación sobre la muerte, “el ejercicio preparatorio”. Quemain nos deja ver lo que el mismo Paz le desvela en el último tercio de su vida, y lo reinventa, fiel al personaje.



LA BRÚJULA Y EL LABERINTO. ENCUENTROS CON OCTAVIO PAZ, 1986-1996, por Miguel Ángel Quemain. Instituto Literario de Veracruz, 140 p.

José Ángel Leyva (1958)


Mexicano, nació en Durango. Poeta, periodista y editor. Egresó de Medicina en la Universidad Juárez del Estado de Durango pero actualmente se dedica sólo a la literatura. Es autor de los poemarios: Catulo en el destierro, El espinazo del diablo, Duranguraños, Aguja, Habitantos, Cristales sólidos y Tres cuartas partes. Tiene una novela, La noche del jabalí, y varios libros de ensayo, como Lectura y futuro. Su obra ha sido traducida al francés, inglés, italiano, portugués, serbio, polaco, rumano y sueco. Fundó y dirigió la revista Alforja y ahora dirige La Otra. Por Entresueños, recibió el Premio Nacional de Poesía Olga Arias. Suele afirmar que sus libros favoritos son los que están por escribirse.