Hace añares, los navegantes solían decir que navegar es necesario; vivir, no. Desafiando los vientos y sus diabladas, un archipiélago de inquisiciones establece las coordenadas de nuestro tiempo: racismo y violencia. Y a contraviento la palabra tiene todavía el coraje de aferrarse a la vida y redimirla. Y navegando pone al descubierto los trabajos y los días de ciertos autores. Es un barquito buscando su puerto.

No.

ENTRADAS

Nace el tango canción


Daniel Vidart


Quiero regresar al momento en que el pájaro saltarín del tango-danza comienza a emplumar, a transformarse en un ente mitad coreográfico y mitad verboideológico, a emitir sus primeros gorjeos memorables. Cuando el lenguaje orillero y popular se convierte en un valor de uso y de cambio a la vez, el tango-danza le abre la puerta al tango-canción. La palabra, que es mitad de quien la dice y mitad de quien la escucha, según expresara Montaigne, y que en este caso es el lazarillo callejero del acriollado lenguaje rioplatense, ya no tiene secretos para los descendientes de los inmigrantes transatlánticos ni de los paisanos arrancados de sus pagos por el éxodo rural. Esa palabra, a la vez dúctil y oportuna, ocurrente y entradora, desmañada y repentista, hábil y chambona, se adueña entonces del tango.

De tal modo el tango primigenio, avasallado por el ritmo gimnástico que provenía de la milonga, se sosiega como un río en la llanura, se abre al despliegue oral del pensamiento y del sentimiento, al fraseo de la voz humana que narra la epopeya, el drama y la comedia de los integrantes de aquel pueblo joven, recién amanecido a los quehaceres de un destino que, al fabricarse a sí mismo, teje como una araña la tela de la identidad, extrayendo de su propio vientre un hilo, al mismo tiempo, sutil y poderoso.

Se ha querido empequeñecer el universo significativo del tango-canción, limitando sus motivos a las apetencias y falencias del “bajo fondo”, a las hazañas de los guapos, a las traiciones de amor, a las desmesuras del machismo, al escaparate de la guaranguería. Ése constituye un hemisferio del tango, que por igual se manifiesta en la inevitable borra de vulgaridad que afecta a la vida cotidiana. Pero al costado, y por encima de las letras deliberadamente lunfardeadas del período del cabaret, o del decir tartajoso de la gente del boliche, o de la parla rufianesca de letristas que –¡oh paradoja!– eran generalmente pacíficos y bien hablados ciudadanos, corre el agua pura del amor, se abren las flores sencillas de la alegría, brotan los manantiales frescos de la ternura popular. Es cierto que una atmósfera general de nostalgia cubre este territorio expresivo. Se trata de la saudade de los padres gallegos y del perdido bel paese de los padres italianos que recordaban el regazo folklórico dejado tras los mares. A ello se agregaba, del lado criollo, la evocación de aquellas cuchillas del pago lejano, donde un cielo purísimo, caído sobre las travesías que iban de horizonte a horizonte, derrumbaba en los campos las primicias de un espacio aéreo liviano y luminoso como la juventud del mundo.

La melancolía y la nostalgia no deben ser confundidas con la frustración y la desesperanza. Lo cómico, lo satírico y lo lúdicro, lo travieso, lo bufonesco y lo picaresco están siempre presentes en las letras de los tangos: recordemos solamente los despliegues de gracejo popular que hacen resplandecer Discépolo, en Chorra, y Cadícamo, en Al mundo le falta un tornillo.

Hors de l’eau

de Eric Demelis

Eric Demelis (1974)


Francés, nació en Annecy. Reside en Grenoble. Se declara autodidacta. Su devoción por la pintura flamenca, en particular Pieter Brueghel “El Joven” y El Bosco, el Art Brut y el cómic lo inclinó al dibujo. Aunque durante largos años se desempeñó en los más diversos oficios, confiesa que se decidió a ejercer el dibujo a partir de una historia de amor y un periodo de desempleo. En sus figuras deformes en tinta india, carboncillo, acrílico y modelado, paradójicamente prevalece y se acentúa lo humano. Estos personajes expresan la dualidad entre el bien y el mal. Priva en su lenguaje la idea de transfigurar la asfixiante angustia del mundo contemporáneo. Ha expuesto en muchas partes de Francia, Italia y Bélgica.




Los inolvidables parlamentos dedicados a las carreras de caballos o a la truculenta descripción de caracteres humanos –Garufa, Niño bien, Micifuz, Milonguita, Che Bartolo, Pan comido, Haragán– tienen su contraparte en las metáforas seductoras de los tangos líricos –Oro muerto, Misa de once, Malena–, en la bienvenida gracia de los poéticos –Sur–, en el calderoniano lamento de los trágicos –La cumparsita, Como abrazao a un rencor, Viejo smoking, Esta noche me emborracho– o en el negro desencanto de los filosóficos –Yira, yira. Hay una abrumadora mayoría de tangos referidos a la vida urbana, aunque tampoco faltan los que apuntan a la vida rural –Cruz de palo, El irresistible, A la luz de un candil–, y con ellos caminan, en legión, los que celebran las virtudes familiares, los que se duelen de las injusticias sociales, los que revelan la eterna lucha entre el bien y el mal.

Los letristas de pie descalzo y los poetas verdaderos han ido de la mano en esta forja de canciones y evocaciones. Entre los primeros, muchos exhiben un desconsolador primitivismo, una lastimosa incapacidad para la versificación. Pero todos saben calar, desde muy adentro, en lo que el pueblo llano siente y piensa. Existe ramplonería y grosería, según se ha pontificado desde la escala de valores del “buen gusto”, en la mayoría de esas letras fieles a un modo de ver y expresar, pero, no obstante los reparos de la academia literaria, son eminentemente auténticos tanto en los aspectos formales como en los sustanciales. El letrista, primus inter pares, interpreta el infuso sentir del hombre “que está solo y espera”, condensa en rimadas frases hechas la ética y la estética de los barrios, redacta breves manifiestos de protesta y memoriales de agravios para denunciar los sufrimientos populares. Y de este modo, gracias a una especie de retroalimentación que opera como un búmeran psíquico, la gente descubre en esas letras una serie de fórmulas estereotipadas y, por ello, inteligibles, sentenciosas, que difunden la voz de los que no tienen voz. Como los epítetos homéricos, como los octosílabos del Romancero español, las letras de los tangos, así metidas en los entresijos del alma rioplatense, logran el persuasivo acento que asegura su perdurabilidad, aun en estos días sordos y ciegos. Contrastando con la sombra de los escribidores de poca monta, de estos bertsolaris chambones, crece la luz de innegables poetas. Manzi, Discépolo, Cadícamo, Cátulo Castillo, Ferrer, entre tantos otros, han encontrado en el tango un vehículo hermoso para expandir sus talentos creadores. De tal modo, el género ha ganado en plenitud y expresividad: la palabra y la música, apoyándose mutuamente, han levantado una ringla de monumentos ilustres, una teoría de poemas llevados por los brazos de la melodía hacia una docente vigencia en el alma del pueblo. Empero, este linaje superior de la belleza no le resta verdad ni funcionalidad a los patitos feos de las letras opacadas por un decir inhábil y a menudo ramplón, según el juicio de “los de arriba”. Ambas, por igual las felices y las chuecas, si lo que cantan y cuentan brota del sistema de signos y símbolos de una sociedad que se descifra a sí misma en un perpetuo juego de ensimismamiento y alteración –manes de Ortega–, adquieren el sello de un producto de buena ley, la garantía de un testimonio veraz. Y esto es lo que realmente vale en la estética, la ética y la metafísica del tango-canción.

Daniel Vidart (1920)


Uruguayo, nació en Paysandú. Escritor y antropólogo. Ejerció como profesor de geografía, sociología y antropología en Uruguay, Chile y Colombia. En 1947 fue secretario privado del presidente Tomás Berreta. De su copiosa bibliografía, destacan Ideología y realidad de América; Teoría del tango; El tango y su mundo; Caballos y jinetes; Los muertos y sus sombras; El mundo de los charrúas; Uruguayos y Marihuana, la flor del cáñamo. Desde 1963 es académico de la Real Academia Gallega y, desde 1985, profesor Honorario y Perpetuo de la Universidad Nacional de Colombia. Es también Ciudadano Ilustre de Montevideo, miembro emérito de la Academia Nacional de Letras de Uruguay y doctor Honoris Causa de la Udelar.