Hace añares, los navegantes solían decir que navegar es necesario; vivir, no. Desafiando los vientos y sus diabladas, un archipiélago de inquisiciones establece las coordenadas de nuestro tiempo: racismo y violencia. Y a contraviento la palabra tiene todavía el coraje de aferrarse a la vida y redimirla. Y navegando pone al descubierto los trabajos y los días de ciertos autores. Es un barquito buscando su puerto.

No.

ENTRADAS

El falso prejuicio
Silueta del indio Jesús
de Alfonso Reyes


Gibrán Domínguez López

Reyes podría ser mi casita. Leyéndolo sólo a él o a quienes él quería uno podría ser inmensamente feliz. Pero eso es demasiado fácil.

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes

Prólogo ajeno


Algunos años antes de iniciarse las guerras de independencia de las colonias españolas en América, Servando Teresa de Mier y Terán puso en entredicho la legitimidad evangelizadora de la conquista. El fraile dominico, en un silogismo de fe, aseguró que si Cristo les mandó a sus apóstoles esparcir su palabra por todos los rincones de la Tierra, no había razón para que esa prédica no llegara al Nuevo Mundo –omnipotencia obliga. El encargado de traerla habría sido Santo Tomás apóstol, encarnado nada menos que en Quetzalcóatl. Es decir, los nativos de América, cristianizados aun antes de la llegada de Cortés, veneraban a la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac: “la Virgen no está pintada en la capa del indio Juan Diego, sino en la de Santo Tomás”, advertía Mier, y si se le apareció al “indio” fue para revelarle a la nación septentrional el paradero de su imagen. El elemento indígena no puede pasar desapercibido.

La de Fray Servando fue en realidad una constante búsqueda de hacer notar que entre ibéricos y novohispanos las superioridades e inferioridades no existían. Para él, tal idea era poco menos que ridícula. Europa aún debatía sobre el buen salvaje americano cuando el Padre Mier señalaba decididamente la decadencia de aquel continente. El tema indígena, que pareciera tocar la condescendencia, le sirve más bien para hacer evidente las sinrazones de la colonia española.

Alfonso Reyes, en otro siglo, apuntaría en una breve biografía del Padre Mier, en relación a la expulsión de los jesuitas en 1767: “ya es posible una revolución, porque ya son varias las clases descontentas; ya hay quien dirija y quien ejecute: la población blanca mexicana se ha diferenciado de la española, y prohija las reclamaciones del indio”.

La mirada prestada


“Nunca entenderé cómo fue que Jesús, a punto ya de convertirse en animal consciente y político, se derrumbó otra vez por la escala antropológica, y prefirió sentarse en la calle de la vida, a verla pasar sin entenderla”. La “escala antropológica” a la que Reyes hace referencia en la Silueta del indio Jesús no es otra que aquélla que las ciencias del espíritu incorporaron a partir de la influencia del positivismo y del considerable desarrollo que las ciencias exactas tuvieron durante el siglo XIX. Teniendo a Herbert Spencer como teórico pionero –y no a Charles Darwin, como usualmente se cree–, la escala social evolucionista concebía a Occidente como la última y más avanzada etapa de la humanidad. La cumbre de la civilización y el progreso se veía en esencia representada por la Europa occidental, mientras que las otras sociedades –generalmente colonias europeas– eran agolpadas científicamente bajo la genérica etiqueta de culturas premodernas. La idea logró transitar con éxito de un siglo a otro, aunque no pasaría mucho para que sus críticos fueran cada vez más tomados en cuenta.

Para el caso mexicano basta recordar la predominancia en el poder del grupo de Los Científicos en la última etapa del gobierno de Porfirio Díaz, nada menos que un oaxaqueño afrancesado. Situado en ese momento histórico, Reyes escribe su Silueta del indio Jesús.

De una primera lectura se desprenden algunas preguntas que llegan a adquirir cierto tono de incredulidad: ¿asumía el autor como propia, en su etapa temprana, la escala antropológica spenceriana y discriminante?; ¿cuál era su afán, como narrador, en insistir y enfatizar en la idea del indígena poco civilizado, holgazán, vagabundo, infantil, incapaz de expresarse correctamente y sin rodeos en castellano, pero presto para morir y dar muerte –como quien brinda un servicio– por el más mínimo malentendido?; ¿era ésta una postura compartida por quienes, como Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y otros, formaron el Ateneo de la Juventud? Seguramente no. Sin embargo, propongo aquí, casi como petición, que se dispense el análisis y dictamen de estas cuestiones, y se opte por una respuesta menos elaborada pero acaso más simple y evidente: se trata de una ficción. Aunque el relato esté narrado en primera persona, el narrador no es sino un personaje del autor. Un joven capitalino, con algún nivel de estudios, perteneciente a una familia acomodada y vinculada a la política nacional.

Correos de ultramar

de Guillermo Olguín

Guillermo Olguín (1969)


Mexicano, nació en el Distrito Federal. En Seattle, se formó en el Cornish College of the Arts y, después, en la Universidad de Bellas Artes de Hungría y en Toulouse. En pintura o dibujo, gráfica o fotografía intervenida, su obra se caracteriza por explorar los climas metafísicos del viaje, su mitología y sus ritos paganos. Enfrenta a los materiales con audacia: escultura en bronce, cerámica y textiles. Y el color se indaga a sí mismo en busca de poesía. Hasta la fecha, ha expuesto de manera individual y colectiva en México, Brasil, Argentina, Cuba, Paraguay, EUA, Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Hungría, España, Portugal, Finlandia y Japón. Fruto de su labor, ilustró La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, entre otros. Su compromiso con los pueblos indígenas lo llevó, sin darse cuenta, al mundo del mezcal.




A través de esta perspectiva sesgada y que juzga de manera parcial, Reyes presenta al indio desagregado del proyecto de nación y, al mismo tiempo, devela una serie de misterios que todavía hoy persisten como tales para más de uno.

El primero de ellos es lo rural, es el campo. Ese lugar extraño, borroso, fuera del tiempo, de donde vino Jesús y adonde regresa de vez en vez, por periodos indeterminados; de donde trae semillas, pollos, desilusiones. El campo al cual pertenece, pero –deducimos sin esfuerzo– no le pertenece. El latifundio se había instalado como condicionante de la realidad mexicana en el porfiriato y, a la larga, como fuerte detonante de la revuelta popular que estaba por venir. El campesino –como el obrero–, es sabido, era sometido a jornadas y condiciones inhumanas de trabajo. Los salarios miserables perpetuaban la miseria en las tiendas de raya. Una descripción clara puede encontrarse en el relato de José Sedano, un indio a quien diera voz Fernando del Paso y que, como Jesús, ejerce el oficio de la jardinería: “Y pienso yo: si un rey tiene un jardín y una casa tan grande como esos, y además otros palacios y castillos y jardines más grandes todavía, por qué no le deja a uno, que no tiene nada, lo único que tiene. Porque si he hablado de mi casa, señor juez, de nuestra casa mía y de Concepción, eso sólo era un decir, como cuando hablo de mi jardín, que era el que rodeaba a nuestra casa, porque las dos cosas eran prestadas, nada más mientras trabajara yo en los Borda, como se ha comprobado ahora que no tengo nada”.

El segundo de los misterios es el del cultivo de las flores y la relación hermética que el indio guarda con ellas. El narrador nos explica que tiene que emboscarse para ver a Jesús trabajar en el jardín, sin ser descubierto; de otro modo, el jardinero detiene su labor. De nuevo vale la pena acudir a José Sedano, quien dice: “Soy jardinero, señor, de nacimiento. Nací en una casa pobre, pero llena de flores, y mi abuelo, que en otros tiempos fue jardinero de una casa grande en San Cristóbal Ecatepec, me enseñó los nombres de todas las flores, y me enseñó a hablar con ellas, a no tocar a la mimosa ni con la punta de los dedos para no abochornarla nomás porque sí, y a perdonarle sus malos olores a la aristoloquía por si acaso, un día, tuviéramos que pedirle prestadas algunas de sus hojas para curarnos de la mordedura de una víbora”.

El Jesús de Alfonso Reyes hace extender por los muros los mantos morados de la bugambilia, prosperar las begonias rosas y azules entre las sombras, así como reventar por todas partes las amapolas, los pensamientos y los nomeolvides. La descripción pareciera evocar el paraíso terrenal que en América vieron los primeros evangelizadores europeos, cuya misión Fray Servando cuestionaría severamente.

Reyes no omite comparar a Jesús con Juan Diego, que cuatro siglos atrás le hiciera ver al clero español, quizá criollo, que la madre de Dios había elegido el cerro del Tepeyac para revelarse y lo había escogido a él –un indígena– como mensajero. Es aquí donde la trinidad formada por tierra, indio y flores, presentada al lector inicialmente como misterio, se torna, de pronto, en experiencia mística. Anota Alfonso Reyes: “De una vez Jesús, como su remoto abuelo Juan Diego, dejaba caer de la tilma –cualquier día del año– un paraíso de corolas y hojas. Parecían creadas a su deseo: un deseo emancipado ya de la carne transitoria, y vuelto a la sustancia fundamental, que es la tierra”. Sus palabras remiten casi consecuentemente a los versos de Nezahualcóyotl: “Con flores escribes, Dador de la Vida”.

Que no nos extrañe, luego, que cinco años después, en Madrid, Reyes dedique un capítulo entero de su Visión de Anáhuac a apreciar la constante presencia de las flores en la liturgia, la poesía y la cotidianeidad prehispánicas.

No obstante, si el misticismo es la experiencia del despojarse de toda razón, de toda inteligencia, de abandonarse, según Zenia Yébenes, “por completo en aquel que está más allá de todo ser”, Reyes lo disuelve en un instante con lo concreto: el conocimiento. El incomprensible Jesús aprende a leer y, como la de Calibán –que aprendió la lengua del amo Próspero–, su ganancia ahora es la de hacerse entender y saber maldecir: se vuelca de inmediato a las doctrinas revolucionarias. Le interesa lo inmanente más que lo trascendente. Ahora también quiere inquirir sobre el despojo material, ése que por siglos han padecido los suyos; porque, como escribiera Ignacio Ellacuría, “el sujeto de esa realización no es la interioridad individual ni la intersubjetividad trascendental, sino un pueblo histórico, cuyas condiciones de realización y cuya captación de esas condiciones están históricamente dadas y son, en gran medida, materiales”.

Jesús le pide de regalo al narrador-personaje una Constitución. La ley fundamental que, pese a iniciar con las palabras “En el nombre de Dios”, consagraba los Derechos del Hombre. Esa misma ley que llevó al país a una guerra civil de tres años –de la que saldría victorioso Benito Juárez, el presidente zapoteca– que culminó con la formal separación entre iglesia y Estado. De este modo, un Reyes irónico nos deja ver, sutilmente, nuestra versión tropical del despotismo ilustrado. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Los derechos fundamentales que están allí para no cumplirse.

El indio cree en la libertad y los rosales comienzan a secarse. Pide la palabra y el espíritu, que es su encanto, se desvanece en un respiro.

El pretexto indígena


Si Reyes utiliza en su relato una mirada parcial, discriminante, lo hace para dejar manifiesta la excluida condición del indio en México, aún en la primera década del modernísimo siglo XX, sustentada en rancias teorías de las ciencias del espíritu. Agota lo que la visión clasista alcanzaba a vislumbrar con claridad, para desvelar lo que no se quería ver. Al igual que el Padre Mier, se apoya en un personaje indígena como pretexto para señalar las sinrazones sociales de su tiempo. Tal como él mismo escribió en la biografía de Fray Servando, a través de este relato “prohija las reclamaciones del indio”. Y todavía más, le rinde homenaje.

Su discurso ante éste y otros temas nacionales le traerá el exilio, como al fraile dominico –por cierto que Fray Servando es concebido por Susana Rotker como “un personaje de transición”, situado entre la represión política, cultural y religiosa en la que nació y la convulsión insurgente de la que fue partícipe; el símil entre ambos queda, pues, redondeado–, pero no de inmediato. Un par de años después, el general Bernardo Reyes morirá abatido frente al Palacio Nacional –en “una violenta intromisión de la metralla en la vida”, dirá en su Oración del 9 de febrero– y, desde la presidencia usurpada, Victoriano Huerta nombrará a Alfonso Reyes como segundo secretario de la legación de México en Francia. Una expulsión disfrazada de oficialidad.

Un día cualquiera, Jesús se va al campo y vuelve de él absorto. No se interesa más por las flores ni la revolución que había ya empezado. Se ha transformado, ahora sí, de la nada, en un misterio personificado, un “débil trasunto”. El autor tampoco ofrece mayor explicación. Y en cambio se sienta en la acera, como Jesús, a ver desfilar por la calle una de las grandes etapas de la literatura mexicana, marcada por su revolución. Etapa de la que el indio también quedará excluido, en la que el indígena, de cualquier modo, se quedará sin voz.

Gibrán Domínguez López (1987)


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