El mundo tiene cicatrices. Integran este informe voces que ilustran sobre la violencia, voces que se niegan a echarle sal a la memoria. Que no ven en el terror y la muerte fotos del álbum familiar. Que recogen en esa memoria las ganas de mundar, religión de los malditos. Es que hay palabras que esperan que alguien las tome, hurgando en todos los rincones, raspando las entrañas de las cosas, cara a cara. El mundo tiembla.

No.

ENTRADAS

De los pañuelos blancos a la crianza colectiva:
las mujeres que sostienen la memoria en la Argentina


Nadia Fink

La reacción popular ante un fallo de la Corte Suprema para beneficiar a los genocidas en mayo pasado dio cuenta de un camino difícil de desarmar para cualquier gobierno. La construcción de la memoria y los derechos humanos, respecto de la última dictadura, trazada por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, así como la potencia de los movimientos de mujeres para frenar el avance contra los cuerpos son experiencias insoslayables ante cualquier avance retrógrado.

Un fallido 2x1


La última dictadura cívico-militar-eclesiástica, que se instauró el 24 de marzo de 1976, dejó marcas en la historia de la Argentina y en los cuerpos de sus habitantes. Dejó también borrones, ausencias: 30 mil son las personas aún desaparecidas y por las que se siguen exigiendo respuestas. No sólo se trata de que todos los involucrados estén presos, sino de que también hablen, para que cada familia pueda reencontrarse con un cuerpo y terminar el duelo que lleva más de cuarenta años.

Así surgieron las Madres de Plaza de Mayo en plena dictadura, como una ronda silenciosa alrededor de la Pirámide de la plaza que lleva ese nombre, frente a los despachos de los militares que habían tomado la Casa Rosada, la sede del gobierno nacional en la ciudad de Buenos Aires. Los pañuelos, hoy símbolo de la búsqueda de justicia, de la dignidad que no tiene fin, no eran otra cosa que los pañales de tela de sus hijas, de sus hijos, que ya grandes, que ya luchadores y luchadoras, habían sido desaparecidos por un poder que ya era Estado.

Ésa es la génesis de una ronda que cada jueves sigue diciendo “presente”. Y es también parte de la historia de lo que sucedió el 3 de mayo de este año. Ese día los jueces Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz y la jueza Elena Highton de Nolasco le otorgaron el beneficio del 2x1 a Luis Muiña, un policía del grupo de inteligencia SWAT que actuó en el Hospital Posadas. El 2x1 era parte de la Ley 24.390, que se había promulgado en 1994 y que alcanzaba a aquellas personas que tenían prisión preventiva sin condena firme. La ley en cuestión determinaba que, luego de los dos primeros años en la cárcel, se debía computar doble cada día de detención. La aplicación de este fallo generó un rechazo unánime: por un lado, porque se aplicaba en un caso de delito de lesa humanidad, que por definición es imprescriptible, y, por otro, porque sentaba un precedente para que grandes represores, como Miguel Etchecolatz, Alfredo Astiz y “El Tigre” Acosta, pudieran obtener la excarcelación.

El 10 de mayo miles de personas salieron a las calles, tanto organismos de derechos humanos y organizaciones sociales como gente de a pie, que, en el contexto del gobierno neoliberal de Cambiemos que pisotea sus derechos todos los días, se resiste a perder uno de los más irrenunciables para nuestra sociedad: el derecho a la verdad, a la memoria y a la justicia. El rechazo generado obligó a que todos los partidos políticos comenzaran a pedir la anulación del fallo. Así, incluso con las votaciones del poder legislativo ya confirmadas –abrumadora mayoría en la cámara de Diputados y unanimidad en el Senado–, las calles se llenaron para ratificar el sentir popular.

Sólo las voces de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo se escucharon como oradoras en aquella jornada histórica. Estela de Carlotto, titular de Abuelas, abrió: “Que nos escuche la corporación judicial porque no vamos a claudicar en la defensa por los derechos conseguidos”. “Acá está el pueblo. Un pueblo más sabio y comprometido, más fuerte, para resistir estos embates que nos retrotraen a un pasado siniestro y que quieren consolidarse como un presente y futuro”, expresó Carlotto, quien pudo reencontrarse con su nieto Guido en agosto de 2014, restituido luego de más de 35 años de búsqueda.

Las otras dos oradoras fueron Taty Almeida y Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Taty alzó un grito unánime: “El pueblo y los organismos de derechos humanos reunidos en esta histórica plaza decimos bien fuerte: nunca más impunidad, nunca más torturadores, violadores y apropiadores de niños, nunca más privilegios para los criminales de lesa humanidad”. Y Nora Cortiñas remató: “Que quede claro: los delitos de lesa humanidad no son comunes. No prescriben. Los genocidas siguen sin confesar el destino de nuestros hijos e hijas. Todavía hay más de 300 hombres y mujeres que viven bajo una identidad falsa. Quieren que los represores caminen en la calle junto a nosotros”.

Es difícil, muchas veces, transmitir con palabras –y, más aún, con palabras vertidas en un papel– la potencia de esas mujeres que ya pasaron los ochenta años, la claridad y fuerza de sus miradas, la certeza de sus pasos. Ellas, como la mayoría de las Madres y Abuelas, eran amas de casa. La vida les cambió abruptamente el día en que sus hijos e hijas fueron secuestradas y desaparecidas. Apenas si sabían de aquella militancia temprana de sus crías. Sin embargo, son ellas quienes han levantado hasta hoy las banderas de la justicia y de la igualdad. Como escribió Claudia Korol, educadora popular y militante feminista, después de la marcha masiva: “Me imagino que en los próximos siglos se leerá en los diccionarios: ‘Pañuelos blancos: contraseña de un pueblo con memoria’”.

Costa Chica

de Nadja Massün

Nadja Massün (1963)


Congolesa, nació en Buta, al norte del río Congo. Trotamundos de origen franco-húngaro. Estudió economía y ciencias políticas. Radicada en México desde 1983, donde trabajó para las Naciones Unidas. En 1999 empieza a dedicarse a la fotografía, sobre todo al retrato. En los rostros ella ve no sólo sus gestos, sino que también escucha sus historias. Así como la magdalena de Marcel Proust, ella piensa que hay que penetrar en el inconsciente, personal y social, para redimir la memoria. Ha expuesto en México, Eslovaquia, Hungría, Alemania y sobresale la X Bienal de La Habana de arte contemporáneo. Sus trabajos y sus días aparecen en libros, Fotografía contemporánea en Oaxaca, y revistas: Biodiversidad, sustento y culturas; Cuartoscuro; Black & White. También cultiva el documental: La diosa del maíz y Resistencia visual.


Las violencias del Estado y la perspectiva de género


Los movimientos de mujeres, LGTBI y feministas son, sin duda, los sujetos de cambio más activos en la actualidad. La enorme convocatoria de las marchas del 8 de marzo, los encuentros de mujeres con más de treinta años y cada vez más numerosos, las marchas con la consigna #NiUnaMenos y luego con el #VivasNosQueremos son algunas de las muestras de la masividad que el movimiento demuestra en las calles.

El 3 de junio de 2015, a través de las redes sociales, pero sobre todo a partir de encuentros, juntadas y enojos, un mar de mujeres inundó las calles de Buenos Aires y se extendió por todo el país. El 11 de abril el feminicidio de Chiara Páez, de 14 años, en Ruffino, San Fe, fue insoportable para quienes venían denunciando las violencias contra la mujeres. Las estadísticas reflejan que en la Argentina una mujer era asesinada cada 30 horas por violencia machista en 2016, pero este promedio se elevó a un feminicidio cada 18 horas en 2017. Ante esto, la reacción fue el primer paro de mujeres en octubre de 2016, después replicado el 8 de marzo pasado. Además tendió puentes para prevenir las violencias machistas: desde pensar la crianza con perspectiva de género hasta desandar los estereotipos y desigualdades en los medios de comunicación, organizaciones sociales, sindicatos, etcétera; sin dejar de lado las denuncias de las violencias contra las mujeres ni el llamado a atenderlas a tiempo.

Por eso, en la marcha contra el 2x1 no podían faltar los movimientos de mujeres y LGBTI. En declaraciones para el portal de noticias Marcha, Florencia Guimaraes, activista travesti y militante del Partido Comunista, observó que es imprescindible repudiar a “este gobierno fascista del PRO, que intenta exculpar a quienes torturaron, violaron, asesinaron y robaron ñinxs en nombre de la patria”. Y agregó: “Nosotras las travestis, quienes bien sabemos lo que es que el Estado te desaparezca, te viole y te mate, repudiamos fuertemente el 2x1 a genocidas condenados por delitos de lesa humanidad”.

Camila Parodi y Laura Salomé Canteros, periodistas feministas, expresaron en el mismo portal: “La violencia de género perpetrada por los genocidas es una forma específica de delito de lesa humanidad que no prescribe. Con este título, la Mesa NiUnaMenos, en Santa Fe, manifestó el repudio frente al fallo de la CSJN. Según el Informe Nacional sobre Desaparición de Personas, durante la dictadura las mujeres constituyeron un 33% del total de las y los 30.000 desaparecidos. Por eso se citaron las expresiones del terrorismo en las violencias específicas sobre los cuerpos de las mujeres: ‘Fueron sometidas sistemáticamente a los siguientes crímenes: desnudez forzada; violaciones sexuales reiteradas; violaciones grupales; penetraciones con arma de fuego y otros objetos en la vagina, ano o boca; partos en cautiverio y bajo tortura física; torturas durante el embarazo, teniendo como resultado bebés con malformaciones o abortos espontáneos. Abortos inducidos por decisión de los militares, torturas en los genitales, apropiación de bebés, masturbación de torturadores durante la tortura, limpieza del sitio de parto inmediatamente tras el mismo y en estado de desnudez’. ‘La violencia de género perpetrada por los genocidas de ninguna manera es equiparable con un delito común, porque igualarlos implica romper impunemente los lazos comunitarios que como sociedad tanto nos cuesta sostener’”.

La desobediencia como ruptura


Pide que la llamen Mariana D. Es la hija de Miguel Etchecolatz, ex-comisario y mano derecha del general Ramón Camps en la policía de la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura. Mariana marchó contra el 2x1 y generó que muchas hijas de represores empezaran a poner palabras para romper el mandato de silencio de sus padres. Primero fue Rita Vagliati, quien se cambió el apellido en 2005; después Analía Kalinec, que fue entrevistada por el diario Miradas al Sur en 2009, y hace unos días Erika Lederer, quien convocó a las hijas e hijos de represores. El resultado fue la conformación de un colectivo llamado Historias desobedientes, que marchó por primera vez el 3 de junio pasado contra las violencias hacia las mujeres; además de las consignas “Ni una menos” y “Vivas nos queremos”, portaron la propia: “Historias desobedientes, hijas e hijos de represores, 30 mil motivos”. Todas ellas se fueron reuniendo por la necesidad urgente de ubicarse “en la otra vereda”, sobre todo con respecto a las voces de familiares y amigos de genocidas que se han venido pronunciando hasta el momento.

Liliana Furió es integrante del colectivo. Su padre cumple cadena perpetua domiciliaria por vejez y enfermedad. “Yo alguna vez lo interpelé pidiéndole que por favor rompiera el silencio, porque hay gente que necesita encontrar a sus muertos para enterrarlos y algunas abuelas necesitan encontrar a sus nietos y nietas, pero fue muy frustrante porque la respuesta fue absolutamente negativa, sin arrepentimiento, reivindicando el terrorismo de Estado”, nos cuenta.

Consultada por la relación entre lo personal y lo político, nos dice: “Como bien decimos las feministas desde los años sesenta, ‘lo personal es político’; es un concepto irrefutable. Y este caso no escapa a este concepto. Claramente viene a reafirmarlo. Y que esto se deja ver en todos estos actos, estos episodios, militancias y reacciones que genera un Estado represor, un Estado que quiere volver al pasado y hacer de cuenta que nada pasó o que podemos perdonarlos alegremente, cuando hay un montón de genocidas que no han hecho ninguna confesión con respecto al dolor que causaron, ni para hacerse cargo. No están arrepentidos. Tienen un pacto de silencio. Así que, más que nunca, hoy lo personal es político”.

Su mirada no escapa a la perspectiva de género. Por el contrario, Furió considera que todo está completamente enraizado en la lucha feminista, “ya que la mayor violencia, de las más tremendas que sucedieron y que siguen sucediendo lamentablemente en esta cultura, está dada sobre el cuerpo de las mujeres. Y este gobierno que quiere volver al pasado nos representa un temor, un terror tan grande que no podemos dejar pasar esta coyuntura sin embanderarnos y caer sobre este monstruo, para que no nos vuelva a pasar, que no se nos venga ese pasado horroroso encima, por favor, nunca más”.

Diablos

de Nadja Massün

Nadja Massün (1963)


Congolesa, nació en Buta, al norte del río Congo. Trotamundos de origen franco-húngaro. Estudió economía y ciencias políticas. Radicada en México desde 1983, donde trabajó para las Naciones Unidas. En 1999 empieza a dedicarse a la fotografía, sobre todo al retrato. En los rostros ella ve no sólo sus gestos, sino que también escucha sus historias. Así como la magdalena de Marcel Proust, ella piensa que hay que penetrar en el inconsciente, personal y social, para redimir la memoria. Ha expuesto en México, Eslovaquia, Hungría, Alemania y sobresale la X Bienal de La Habana de arte contemporáneo. Sus trabajos y sus días aparecen en libros, Fotografía contemporánea en Oaxaca, y revistas: Biodiversidad, sustento y culturas; Cuartoscuro; Black & White. También cultiva el documental: La diosa del maíz y Resistencia visual.


“Un tío superpoderoso que trajera de la muerte a la gente”


En los años 1979 y 1980 la agrupación armada Montoneros llevó adelante lo que se conoció como la Contraofensiva: regresar desde el exilio a la Argentina para luchar contra la dictadura. No se trata aquí de profundizar en las razones o consecuencias de la Contraofensiva, sino de revisar una experiencia de cuidado colectivo de niñas y niños que tuvo a un puñado de mujeres –y de hombres– como protagonistas: la guardería montonera.

“La verdadera patria es la infancia”. Esa frase de Rilke representa, en esta historia, una verdad tan breve como profunda. Porque para los niños y las niñas que integraron la guardería montonera que funcionó durante tres años en la ciudad de La Habana, sus infancias estuvieron signadas por el peligro y las pérdidas, pero también por un espíritu colectivo y solidario que las transformó en patria socialista.

Cuando Héctor Pancho Dragoevich y Cristina Pflugger llegaron a La Habana en un vuelo desde España, doce niños, incluidos sus hijos Ernesto y Leticia, venían de su mano. Con ellos se instalarían en la casa de la calle Novena, inaugurando la guardería. Era marzo de 1979 y, mientras los militantes recibían entrenamiento en Siria y Líbano, empezaba a conformarse un lugar seguro para sus hijos. Como auxiliares del operativo de la Contraofensiva en marcha, Pancho y Cristina no dudaron en hacerse cargo de aquel proyecto, junto con Mónica Pinus y Edgardo Binstock, que llegarían un mes después desde México con otra docena de niños, entre ellos sus hijos Miguel y Ana. Les explicaron que no reemplazarían a los padres, sino que serían “tíos y tías compañeras”, con la idea de replicar en ese espacio el rol de la familia. “Para nosotros fue vital tener esta consigna clara, y se convirtió en todo un desafío poder socializar a nuestros hijos en ese colectivo; no hacer diferencias era una materia que dábamos minuto a minuto”, cuenta Cristina, treinta y cinco años después.

Virginia Croatto fue parte de la segunda etapa de la guardería, de la que se hizo cargo su mamá, Susana Bradinelli. En 2016 logró darle forma a un documental en el que trabajó más de diez años y que se llama La guardería. Cuando habla de lo que significó la experiencia, trata de evocar juegos de aquella época; recuerda uno, el de inventar máquinas “para hacer aparecer a la gente”, o el mismo pero con otra variante “la construcción de un tío superpoderoso que trajera de la muerte a la gente. Un tío más maravilloso que todos, que también iba a liberar a los que estaban presos”.

A la distancia, lo cotidiano parece haber sido el desafío más grande en esta crianza colectiva, pero afirman que para los chicos y las chicas la convivencia no resultaba difícil. Todos venían de la militancia de sus padres, incluso la mayoría había estado en Suecia, donde compartieron tiempos de juegos… “eran como primos, se peleaban pero después se integraban a jugar… los chicos no tienen tanto problema con compartir”.

Para quienes estaban a cargo, el reto era sostenerles la memoria, seguir fomentando el vínculo que los unía a sus familias. Los chicos y las chicas llegaban con fotos de su mamá y su papá que se ponían en carteleras o al costado de las camas. “Siempre fuimos con la verdad y de una manera muy sencilla: les contábamos que el papá y la mamá estaban trabajando en la Argentina para que pronto pudiéramos volver todos; además las fotos de los papás, en las que estaban con ellos, les mostraban que eran parte de un universo”, cuenta Pancho.

Juan Carlos Volnovich es psicólogo y asesoró en Cuba a quienes iniciaron la guardería. Reconoce que el sistema utilizado fue muy sano: que las niñas y los niños vivieran en un mismo lugar en La Habana fue más beneficioso que para quienes debían criarse en lugares donde no compartían el accionar de sus madres y sus padres: “Era distinta la evolución de chicos que se criaban en un contexto que reivindicaba la lucha de los padres que la de aquellos donde tenían que renegar de la lucha, o que se les decía que habían elegido la política en vez de a ellos. En Cuba, por el contrario, lo primero que veían cuando llegaban era al Che, que era argentino y guerrillero como tu papá”, cuenta Volnovich.

En ese largo camino que tuvo que hacer cada niño para reconstruir su infancia en comunidad –su patria socialista–, sus pérdidas y sus reencuentros, Cristina desliza dos conceptos: el de la derrota y el de la soledad: “Es la derrota lo que hace que tuvieran que crecer con situaciones muy dolorosas en sus vidas, por todo lo que tuvieron que vivir en instancias de centros clandestinos, de ver a sus padres torturados, quedarse sin ellos y estar solos porque todo eso no se reivindicaba. Cuando nosotros estábamos en Cuba, sobre todo por la política internacionalista del país, había muchos cubanos que morían luchando fuera de su patria, pero una revolución estaba esperando ese cuerpo y ese cajón, reivindicándolos como héroes nacionales. Pero acá, y no hablo sólo de Montoneros, todavía no se reivindica a ninguno de estos compañeros como lo que han sido: luchadores en contra de una dictadura. Ese día, creo, esos hijos que quedaron sin papá, mamá, o sin ninguno de los dos, van a sentir que hay un pueblo que los reconoce también a ellos”.

Y el otro trazo que se repite es el de la hermandad de hecho, que les quedó como marca a todos los que estuvieron en la guardería, hayan compartido el mismo tiempo o no. Ese lazo invisible y perenne que mantienen entre sí las chicas y los chicos, a pesar de que algunos tengan una mirada reivindicativa de la militancia de sus padres y otros no; a pesar de que cuando fueron regresando a la Argentina hubo diferentes posiciones políticas.

Lo dice Lucía, desde tierras mexicanas: “Para cada uno de los que ahí estuvimos, estoy segura de que, aunque el sentimiento, la memoria, lo que se retiene cambia, como en cualquier grupo diverso existirán diversas opiniones, podría asegurarte que dejó en nosotros un lazo invisible que nos une por los corazones”.

Lo afirma Virginia: “Tengo esa relación entrañable con todos los pibes y las pibas de la guardería, inclusive con los que no tengo tanta cotidianeidad; tener esa cosa como tienen los hermanos, que capaz con algunos no te ves o no tenés una relación tan fluida pero hay una relación de fondo, algo de base compartido, el mismo código”.

Que no se nos olvide la memoria


La Memoria –con mayúscula– se dimensiona en las historias recorridas, en las palabras, pero, sobre todo, en los hechos concretos que se llevan adelante cada día. La Memoria, para quienes están del lado de las derrotadas y los derrotados de la historia, siempre es la llama que sostiene las victorias cotidianas, las torceduras de brazo contra el olvido y a favor de una justicia que, aunque se retuerza entre los hierros del poder, llega con las acciones y con las reivindicaciones de lucha. Quizá por eso sean precisamente las mujeres quienes han generado los movimientos de resistencia y sostén de esa memoria más imprescindibles durante al menos los últimos cuarenta años de la historia argentina. Tal vez porque poner el cuerpo sea algo que hacemos desde que abrimos los ojos en el mundo y porque hacerlo voluntariamente por los seres queridos, por las causas justas y porque no se olviden las atrocidades realizadas en nombre del deber, el honor o la patria, significa poder construir de manera colectiva. Como las mujeres que salen como mares a la calle. Como la guardería que supo darle forma a una infancia compartida aun en momentos de tanta oscuridad. Como esas hijas que rompen mandatos familiares. Como esas Madres y esas Abuelas –otra vez con mayúsculas– que nos enseñan que la dignidad y el abrazo van de la mano, y nos marcan un camino donde el futuro sigue siendo nuestro.

Nadia Fink (1977)


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