Hay dos democracias. Una, la de arriba, copia al carbón de la visión de los dueños de la democracia. Otra, la de abajo, de trabajadores y nadies buscando no ser oprimidos ni humillados por los demócratas de arriba. En este informe se baja al sótano de ambas: al poder. Desde luego, también se penetra su litúrgico vocabulario. Y más: cuando la risa se vuelve blasfemia y, ¿por qué no?, reparación. Es decir: hacernos cargo.

No.

ENTRADAS

Cultura meme
Una nueva forma global de resistencia al sistema


Amanda Rojo

Meme: “Unidad de información cultural que representa una idea básica que puede ser transferida de un individuo a otro, sujeta a mutación, mezclas de estilo y adaptación” (Urban Dictionary). Esta unidad de información se trasmite y viraliza a través de las redes sociales, mayoritariamente en formato de imagen, seguido por el de video. A pesar de que el concepto de meme existe desde antes de 2007, fue en ese año, en el preámbulo de la crisis de 2008, que comenzó a ser adoptado masivamente. Nació en Estados Unidos, ahí comenzó a gestarse en el útero pegajoso y oscuro de sitios tan subterráneos como Reddit, 4chan y Usenet. Todo comenzó con la foto de un gato diciendo absurdismos mal escritos, como “I can has cheezburger”, el cual se hizo viral entre los granujientos geeks y losers detrás de sus pantallas. El creador de esta ola, el hawaiano Eric Nakagawa, dueño del sitio www.cheezburger.com, construyó un imperio con sólo un dominio, un gato y un concepto.

Pero, como siempre en esta era de la información, los usuarios fueron y son los principales creadores del contenido que viaja en las redes sociales, y de ellos es el mundo del meme. Las primeras células memísticas, como un embrión del infierno, se fueron multiplicando de manera bubónica y binaria. Como con un infante, llevó unos años lograr que los memes comunicaran algo más que tonterías, que fuesen absorbiendo conocimiento y comenzaran a transmitir ideas con más de un layer de interpretación.

Un meme es una forma de expresar una idea con una imagen y un par de líneas. La cultura meme es global, pero al expresarse exclusivamente en las redes sociales, se puede catalogar como cultura popular subterránea. No es comparable con el masivo y mediocre Twitter, donde hasta las celebridades y políticos más improbables redactan diariamente 140 caracteres para el deleite snob de las masas. No, el meme es el hijo no reconocido del viejo grafiti –esto le lleva la contraria a más de un comunicador seudo in que ha hecho la misma comparación con Twitter. Así como las masas sin rostro de todas las épocas plasmaron –y siguen haciéndolo hasta hoy– su sentir en cualquier superficie visible de las ciudades, siempre con un dejo de ironía, rabia y arte, así la cultura del meme ha tomado ese trono para trasladarlo al muro popular de hoy: las redes sociales.


Ese cuadrito jpg es escupido no sólo por los antisociales o los protestantes políticos: diría que casi cualquier actividad humana tiene hoy una página de memes que la representa. Desde memes deportivos hasta memes de ciencias sociales, pasando por memes existencialistas hasta lo dadaísta, absolutamente todas las artes, profesiones y manifestaciones humanas tienen su fila de seguidores que todos los días miran, ríen y se sienten identificados con una página de memes afines en Facebook, Google o Reddit.

Pero la cultura meme no sólo es un eco de las actividades humanas, transmitido por seres anónimos a lo largo y ancho del globo, sino que tiene una relevancia y ramificación más profunda, o, mejor dicho, denota otra profundidad, ya que la necesidad de expresión humana, en sí misma, es tan importante y significativa como las causas que la informan. Así como detrás de la cultura del grafiti existía un impulso irresistible de expresión artística, y de denunciar y gritar algo vedado por el statu quo, en la cultura meme se vislumbran realidades terribles, pintarrajeadas por la sátira –el guasón de Heath Ledger es una de sus caras.

Algunas de esas realidades son el desempleo, la depresión, la crisis existencial –sobre todo en esta época vacía de valores que se encamina hacia el transhumanismo (para mí, la deshumanización final)– el nihilismo y una inmensa alienación social. A su vez, en el fondo de todo esto, veo siempre lo mismo: el capitalismo salvaje.

Pero vayamos por partes.

No es noticia que muchos empleos están siendo lentamente reemplazados por máquinas o por cuasiesclavos humanos en países del tercerísimo Tercer Mundo –la India y China me vienen de inmediato a la mente–, aunque al sistema le gusta recatalogarlos como “países en desarrollo” o “emergentes”. A su vez, esto ha forzado a las personas a aceptar sueldos cada vez más bajos, jornadas más largas y menos derechos laborales –o de plano ninguno. Los menos funcionales al sistema eligen quedarse a vivir en el sótano de su madre o defraudar al sistema y vivir de beneficios sociales. Otros se suicidan, muchos transmitiendo en vivo en las redes.


Sea por rabia o por aburrimiento, el fenómeno del subempleo y desempleo da lugar al desahogo en las redes y a la urgencia de pertenecer a una comunidad online donde la triste realidad personal no tenga que ser discutida ni vista, sino aceptada tácitamente.

Este producto social, que llamo capitalismo de los últimos días o nueva religión apocalíptica, va de la mano del bombardeo de información y de la incertidumbre prevalente a nivel mundial. Y cobra sus facturas: la ansiedad y la depresión, que llevan a consumir medicamentos de receta verde, como antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos, y comida chatarra, comida de sofá. El fenómeno de hedonismo nihilista se alimenta de la adicción a los videojuegos, al porno, al autocultivo de la imagen a distancia –las selfies– y otras formas de desrealización.

El vapor de esta olla existencial en ebullición descubre su grito anónimo en las redes sociales, que terminan por ser el medio unánimemente utilizado para evadir la realidad circundante 3D, de por sí abusiva y alienante. La gradual degeneración de los valores y la percepción del yo ocasionan que la comunidad meme sirva cada vez más como un ayudador pero también como un prolongador del círculo vicioso. Sea como sea, el meme, cuyo reach es mayoritariamente de personas jóvenes, los millennials, sirve de cámara de gritos donde toda la gente alienada –la mayoría de nosotros, en realidad– los produce y los comenta, forma clubs, hace contrapunto de memes, se pelea, ríe y llora, en abrazo cibernético. Así como existen tantas personalidades como personas, también existen tantas comunidades de memes como gustos. Desde kawaii hasta gore, hay de todo.

Se puede argüir que el meme es una forma de enclaustramiento afín con el sistema, pero yo lo veo de otra forma: muestra que, a pesar de vivir en un mundo cada vez más depredador, que obliga al ser humano a alienarse para no afrontar una civilización en plena decadencia, los alienados, siendo ellos mismos parte de la decadencia –pues nadie puede escapar de su época y, de una manera u otra, la simboliza–, eligen expresar su rabia e impotencia artística e ingeniosamente, creando espacios que están por debajo del radar mediático.

No es que con los memes se vaya a cambiar el mundo, ni que vayan a provocar la nueva revolución –no creo en revoluciones–, pero sí que, bajo el peso de una derrota anunciada ante un enemigo todo-abarcador, seguimos siendo humanos y buscando salidas subterráneas pero nobles, creativas, que aún nos identifiquen con nuestro creador y no con el destructor de la humanidad.

¡Larga vida a los humanos y al meme!

Amanda Rojo (1978)


Uruguaya, nació en Montevideo. Escritora al boleo y traductora. Graduada en Diseño gráfico en la Universidad ORT Uruguay e inglés en el Millington Drake English Institute. En Londres trabajó en el Central Saint Martins de la University of the arts London. Reside en Lomas de Solymar. Fue editora de DZL, “una revista hecha a pulmón, como se dice”. Le gusta gritar a los cuatro vientos que es orejana ideológica; cristiana independiente, por herética, y que su academia es su experiencia. Suele reírse con facilidad y beber vino o mate al escribir. Le apasiona la obra completa de Oscar Wilde.