Hay dos democracias. Una, la de arriba, copia al carbón de la visión de los dueños de la democracia. Otra, la de abajo, de trabajadores y nadies buscando no ser oprimidos ni humillados por los demócratas de arriba. En este informe se baja al sótano de ambas: al poder. Desde luego, también se penetra su litúrgico vocabulario. Y más: cuando la risa se vuelve blasfemia y, ¿por qué no?, reparación. Es decir: hacernos cargo.

No.

ENTRADAS

¡A reparar (en) la esperanza, señor Licenciado!
Apuntes para una crítica de la “reconstrucción”


Silvana Rabinovich

El vaticinio de que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad, está presente en todas las leyendas y cantos de esa ciudad. Por esa razón el escudo de armas de la ciudad incluye un puño.

Franz Kafka, El escudo de la ciudad


El 19 de septiembre de 2017 la tierra se estremeció y, entre los crujidos, se dejó oír el llamado de Chava Flores, 60 años después: “¡Se cayó la esperanza, señor Licenciado!”. En la canción No es justu, inspirada en el terremoto del 27 de julio de 1957 y en el entonces regente del Distrito Federal, Ernesto Uruchurtu, el bardo, que combinaba de manera genial la sensibilidad con la picardía, describe los llamados logros –y las estructurales corrupciones– del “progreso” en la Ciudad de México. Seis décadas más tarde, la tierra retembló y de una de las torres de la Catedral Metropolitana cayó la escultura de Manuel Tolsá que representa a la virtud teologal de la Esperanza.

Con un enorme respeto a las víctimas y porque creo que, aunque se haya caído la estatua, la esperanza –con minúsculas– se mantiene en pie, apuntaré algunas breves reflexiones sobre la archicoreada “reconstrucción”. No voy a entrar en detalles sobre la Comisión para la Reconstrucción, Recuperación y Transformación de la Ciudad de México designada por el Jefe de Gobierno en la Gaceta oficial No. 163 bis, porque ese cúmulo de letras altas asemeja edificios a punto de caer. Me inquieta saber qué quieren volver a construir y recuperar y en qué piensan transformar la ciudad. Si la resiliencia se refiere a la capacidad material de recuperar el estado anterior al desastre, entonces no parece haber lugar para una transformación radical en la vida de una urbe que ignora las venas abiertas de su entraña rural. Ahora bien, una ráfaga de asociaciones se avecina al invocar el verbo “reconstruir”. Alguien objetará que no es momento de discutir simples palabras, que, como decía Perón, “mejor que decir es hacer”. Sin embargo, y sin necesidad de volvernos cabalistas, sabemos lo que pueden perpetrar las palabras.

Reconstruir un hecho. La policía reconstruye los hechos luego de un crimen, tratando de acomodarlos en la escena, como si pudiera rebobinar la cinta del tiempo. Para esto, busca las huellas que dejó el criminal. Igual nosotros podemos volvernos un poco detectives para indagar en las razones de la fragilidad de las construcciones derrumbadas y lograr una indemnización, aunque sea monetaria. (La palabra “indemnización” es un eufemismo: imposible salir indemnes –sin daño– de semejante situación.)

Reconstruir la propia historia. Después de una situación traumática, ¿qué buscamos reconstruir? La memoria de nuestra vida antes de ese revés. Los seres y espacios ausentes se siguen sintiendo durante largo tiempo, como cuando duele un miembro que el cuerpo no se resigna a haber perdido. Por la insistente presencia de las ausencias, el desasosiego se impone y la memoria camina lento.

Reconstrucción edilicia. El gobierno quiere apresurarse a reconstruir. Pero qué, cómo, con quién, para quién. No queremos una reconstrucción en el sentido de Irak y Afganistán, donde el causante de la destrucción se vuelca humanitariamente, a través de sus empresas privadas, a reconstruir. Se objetará que la destrucción de la ciudad no fue causada ni por una guerra ni por las empresas constructoras; desde luego que lo primero no, pero de lo segundo habrá que analizar cada caso. Por lo tanto, hay que oponerse a que los reconstructores lucren para endeudar a quienes perdieron su techo.

Es necesario plantearse en qué medida los daños se amplifican debido a la concentración de la población en las urbes, cuestionar las viviendas babélicas y volver a discutir la mercantilización de la tierra. En este sentido, re-construir no sería de ninguna manera reproducir, fortalecidas, las viviendas que teníamos, sino construir una vida que no teníamos –y ahora con nuestros ausentes. Sólo en este sentido digo sí a la reconstrucción. Pensemos cómo nos merecemos vivir. ¿Acaso es deseable el hacinamiento voluntario en rígidos edificios?

Justamente para buscar un término que com-prometa –en las antípodas de la pretendida neutralidad de las palabras–, propongo un verbo cuya potencia teológico-política puede abrir una grieta en nuestra estrecha cosmovisión para vislumbrar algo de esperanza. Se trata del verbo “reparar”.

Sin título

de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.



Siguiendo las acepciones de la Real Academia Española:

1. “Arreglar algo que está roto o estropeado”. Es el más común de los sentidos. Podríamos pensar primero en arreglar las casas, pero hay también otro sentido, más profundo, donde arreglar significa ajustarse a la regla. No se trata de hacerlo sin cuestionar la norma, porque ¿quién querría volver a la normalidad de las reglas que facilitaron el colapso de una ciudad que eligió escarbar en las nubes? Arreglar sería cuestionar de raíz qué es una regla, la razón de su necesidad.

2. “Enmendar, corregir o remediar”. El problema es parecido: una enmienda supone que los fundamentos están bien. Corregir sería interesante sólo si, literalmente, nos invitara a “regir con” la autoridad. En cuanto a remediar, sería posible únicamente atendiendo a las causas y no a los meros síntomas.

3. “Desagraviar, satisfacer al ofendido”. Quitar el agravio es una exigencia radical si se ubica en las antípodas de la indemnización: el dinero –que sí debe darse a las víctimas– no anula el daño de las muertes ni de los cuerpos heridos. El daño es irreversible. El dinero tampoco sana el dolor de la pérdida del hogar.

4. “Oponer una defensa contra el golpe, para librarse de él”. Habría que reconocer que el golpe viene de adentro. La catástrofe del 19 de septiembre de 2017 mostró el despeño de un concepto desenfrenado de civilización. Se trata de una enfermedad autoinmune propia de una cultura que considera su progreso como una victoria sobre la naturaleza; tiene su origen en aquello que los geólogos han pasado a denominar Antropoceno. (El pensador Bruno Latour, al indagar en la teología política de la naturaleza, hace memoria de la violencia de Gaia, la diosa griega de la tierra.)

5. “Remediar o precaver un daño o perjuicio”. Precaución absurda. En el cuento El escudo de la ciudad, que refiere a la torre de Babel, Kafka dice que “aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad”. Y a la vez, “mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre”. Borges resume estas dos premisas en su poema El Golem: “Los artificios y el candor del hombre / no tienen fin”. Se trata de una proporcionalidad inversa, entre nuestro impulso técnico y nuestra capacidad de manejarlo, que el filósofo Günther Anders, aludiendo a la astucia de Prometeo, llamó “desfasaje prometeico”.

6. “Restablecer las fuerzas, dar aliento o vigor”. Solamente tiene sentido buscando el consenso en la cosa pública para establecer una nueva configuración de fuerzas. Entonces el aliento surge de adentro, vigoroso, a todo pulmón.

7. “Dicho de un vaciador: dar la última mano a su obra para quitarle los defectos que saca del molde”. Conforme a lo anterior, y jugando un poco con la palabra, en la ciudad se produjo un vaciamiento de la potencia política de su sociedad. Ahora se trataría de romper el molde porque en él está la razón de las dimensiones monstruosas de la catástrofe: la tierra se reacomodó, pero los edificios que se desplomaron son obra humana.

8. “Mirar con cuidado, notar, advertir algo”.

9. “Atender, considerar o reflexionar”.

10. “Pararse, detenerse o hacer alto en una parte”. Ahora es cuando pararse sobre las ruinas con el puño en alto puede significar, además de la esperanza de vida, que necesitamos detenernos y pensar los alcances de la palabra. Para eso hay que hacer memoria y, en la medida de lo posible, cuestionar a fondo nuestro pasado-presente y determinar qué significado le damos a eso que llaman “reconstrucción”.

Para terminar, quisiera detenerme en el sentido teológico-político de la reparación. La expresión tikún ‘olám, reparación del mundo, alude a la responsabilidad del ser humano. En el siglo XVI, el rabino Isaac Luria describió la contracción de Dios para dar lugar a la creación. Para contraerse y hacer lugar al mundo, Dios había depositado parte de su potente luz en vasijas que no resistieron la fuerza y se rompieron. En esa ruptura se mezclaron el bien y el mal –esto derivó en formas de idolatría cuya figura emblemática es la torre de Babel que Kafka interpretó magistralmente. Según Luria, es tarea humana recuperar las chispas de luz para reparar el mundo. Actualmente se hace necesario enfatizar el sentido de responsabilidad social del tikún. Decir “reparación” es hablar de responsabilizarnos por el mundo en que vivimos, de una normalidad que se sostiene sobre los que están sin hogar desde el terremoto de 1985 y desde mucho antes. Responsabilidad por esos otros, por cada otro que habita este mundo plagado de injusticia. Reparar es un verbo-promesa, palabra-esperanza, que nos compromete.

En este sentido creí escuchar el justu llamado de Chava Flores a fin de que el licenciado –el gobernante– repare –asuma– en la necesidad –su responsabilidad– con la esperanza.

Silvana Rabinovich (1965)


Argentina, nació en Rosario. Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Obras: La Biblia y el drone y La huella en el palimpsesto. Ha traducido del hebreo a Martin Buber y del francés a Levinas, Hélène Cixous y Enzo Traverso. Coordinó la versión de El discurso del indio de Mahmud Darwish del árabe al español y luego del español al mazateco, chinanteco, mixe, zapoteco del Istmo y maya yucateco. Integrante del Laboratoire d’études et de recherches sur les logiques contemporaines de la philosophie de la Universidad de París 8. Su perro se llama Mendieta, como el de Inodoro Pereyra.