Hay dos democracias. Una, la de arriba, copia al carbón de la visión de los dueños de la democracia. Otra, la de abajo, de trabajadores y nadies buscando no ser oprimidos ni humillados por los demócratas de arriba. En este informe se baja al sótano de ambas: al poder. Desde luego, también se penetra su litúrgico vocabulario. Y más: cuando la risa se vuelve blasfemia y, ¿por qué no?, reparación. Es decir: hacernos cargo.

No.

ENTRADAS

Vigencia de Gramsci
La democratización radical


Manuel S. Almeida

Es harto conocido que la obra del marxista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) ha sido una de las piedras angulares en el proyecto que podemos denominar como “democracia radical”. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe ubican el legado de Gramsci como fundamento de su propuesta en Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, clásico de la tradición de democracia radical. El énfasis que se le da, por estos autores, a la obra del italiano gira alrededor de su concepto de hegemonía; es decir, de la expresión del poder moderno a través del cultivo continuo del consentimiento activo, o al menos pasivo, de grupos subalternos. O, en el caso de fuerzas políticas que se pretenden contrarias a la hegemonía dominante, a la posibilidad de construir una voluntad colectiva nacional-popular, logrando articular de forma verdadera y efectiva los intereses de diversos grupos subalternos y los intereses o metas de un grupo contra-hegemónico ascendente.

Es también muy conocido que Laclau y Mouffe, aunque rescatan la hegemonía, la asumen desde una perspectiva posmarxista que los lleva a criticar lo que ellos ven como una limitación en la concepción gramsciana: un supuesto reduccionismo de clase. Según estos autores, Gramsci tenía razón en sostener que todas las fuerzas políticas efectivas tenían que ser hegemónicas; o sea, lograr construir voluntades colectivas a partir de la articulación de intereses en una misma cadena de equivalencia contraria a otra fuerza u orden dominante. Pero, insistían los autores, en Gramsci las fuerzas hegemónicas tenían que necesariamente ser lideradas por clases sociales.

Sin embargo no es esta crítica en lo que me quiero enfocar en el presente texto. De hecho, creo que demasiada tinta, y mucha de ella innecesaria, ha sido derramada criticando la interpretación y rescate que hacen estos autores de Gramsci, y queriendo hacer valer los quilates propiamente marxistas dentro de los de la rica obra del italiano. Más bien, quisiera insistir en el hecho de que el típico rescate de Gramsci para el proyecto de democracia radical –incluyendo a Laclau y Mouffe– toma por sentado un esquema de democracia representativa, que es producto de la unión, durante el siglo XIX, de las tradiciones políticas de la democracia y el liberalismo. Y aunque no hay duda de que el proyecto político con el cual simpatizo busca, en efecto, radicalizar nuestras democracias realmente existentes hacia la izquierda –a mayor igualdad, mayor posibilidad de poder compartido–, me parece que en ese rescate deberían buscarse también las formas de democracia participativa para la construcción de una sociedad nueva. Éste es un elemento que, si bien tiene mayor presencia en la obra de Gramsci durante su militancia en el Bienio rojo (1919-1920), en Turín, guarda algo de continuidad en sus planteamientos posteriores en los Cuadernos de la cárcel, cuando habla de que la meta del comunismo es la “sociedad regulada”, la sociedad política absorbida por la sociedad civil.

En ese Bienio rojo, en las luchas proletarias en el norte de Italia, Gramsci participó en acciones organizativas e intervenciones periodísticas y educativas –particularmente a través del periódico L’Ordine Nuovo. En el contexto de las luchas de los obreros metalúrgicos, el grupo socialista de Gramsci promovió la formación de consejos obreros en las fábricas como medios para su apropiación; de hecho, esta propuesta fue adoptada en su momento por la rama turinesa de la Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos y por la sección local del Partido Socialista Italiano. Con los consejos se buscaba convertir las ya existentes comisiones internas en aparatos de completa apropiación y dirección de las fábricas. Para Gramsci no se trataba de un asunto de mera autogestión económica y productiva, pues el movimiento consejista también podía ser parte de la base potencial para un Estado socialista futuro, a través de la “articulación de los diversos Consejos de Fábrica en un Consejo Ejecutivo Central, al cual deberán sumarse los consejos de los campesinos”, como advierte Carlos Nelson Coutinho en Introducción a Gramsci. El mismo Gramsci dirá por ese tiempo que “el Estado socialista ya existe potencialmente en las instituciones de la vida social características de la clase obrera explotada”. El Estado socialista alternativo al que se refiere debía consistir en la juntura de consejos obreros, campesinos, barriales, con diversos niveles y espacios de toma de decisiones en la gestión de la vida pública entera. Vemos en esos años a un Gramsci obrerista y autogestionario, con despuntes libertarios, que plantea un orden social futuro en el que la democracia habrá de ser mucho más participativa en sus distintos niveles. También consideraba el trabajo político colaborativo no sólo con militantes socialistas, sino con anarquistas y liberales más a la izquierda, como Piero Gobetti.

Sin título

de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.



Algunos decimos que, además de la riqueza política y educativa de esta experiencia, de la eventual derrota del movimiento Gramsci aprende la lección de haber desmerecido injustamente la importancia de un partido político relativamente centrado y con cierta autonomía de las fuerzas en pugna, también la de restarle mérito a la independencia y fuerza de instituciones ya reconocidas, como los sindicatos. Posteriormente, en los Cuadernos de la cárcel, desarrollará un planteamiento mucho más complejo y con mayores determinaciones –amén de la crudeza y fragmentariedad de la escritura carcelaria. De hecho, como Guido Liguori apunta en Sentieri gramsciani, el concepto madre de los Cuadernos es el de “Estado integral” o “Estado en sentido ampliado”. De él emanará su riqueza teórica-política: los elementos clave de su obra madura, como hegemonía, intelectuales orgánicos, bloque histórico, la suma de sociedad política y sociedad civil, entre otros.

Sin pretender menospreciar el desarrollo, maduración y evolución que el pensamiento gramsciano presentó desde el Bienio rojo hasta sus reflexiones carcelarias (1929-1935), debe insistirse en que, durante todo ese tiempo, son identificables algunos elementos constantes. Esos elementos muestran un Gramsci que procura –tal como en los Cuadernos de la cárcel– una sociedad no solamente poscapitalista, sino también capaz de organizarse políticamente a través de formas democráticas radicales y participativas.

Aparte de sus muy comentados escritos en torno a la estadolatría –Cuaderno 8–, en que apunta al riesgo de la concentración del poder en un enorme aparato burocrático ensimismado y desconectado del resto de la sociedad –seguramente una crítica velada a lo que estaba sucediendo en Rusia–, están los planteamientos sobre la “sociedad regulada”. Para muchos, Gramsci utiliza la expresión de “sociedad regulada” como sinónimo de comunismo o sociedad meta. Por ejemplo, en el Cuaderno 7 habla de la “desaparición de la Sociedad política y el advenimiento de la Sociedad regulada”. En el Cuaderno 6, en contra de los que usan argumentos democráticos como subterfugios para justificar el poder de las oligarquías, Gramsci propone que lo democrático sólo puede tomar lugar “en la sociedad en la que la unidad histórica de la sociedad civil y la sociedad política es entendida dialécticamente –en la dialéctica real y no sólo conceptual– y el Estado es concebido como superable por la ‘sociedad regulada’: en esta sociedad el partido dominante no se confunde orgánicamente con el gobierno, pero es un instrumento para el paso de la sociedad civil-política a la ‘sociedad regulada’, en cuanto absorbe en sí a ambas, para superarlas –no para perpetuar la contradicción–”.

Si tomamos en cuenta que la “sociedad regulada” implica la absorción tanto de la sociedad política como de la sociedad civil, entenderemos que se refiere a una sociedad futura que se pretende democrática radical, porque hace valer la soberanía popular al abolir la contradicción entre los de arriba y los de abajo. Y ese proceso de democratización reclama descentralizar el poder en múltiples espacios, mecanismos e instituciones, a través de todo el complejo entramado social en el que los ciudadanos podrían participar directamente. Por lo tanto, en la concepción gramsciana de “sociedad regulada” puede apreciarse un horizonte no sólo democrático, sino participativo. La participación directa de los ciudadanos, que no excluye las necesarias instancias de gestión representativa en procesos de toma de decisiones, resulta importante, ya que hace valer un elemento fundamental del itinerario democrático: el ejercicio del poder compartido en condiciones de igualdad y a partir de ahí lograr una sociedad verdaderamente poliárquica.

El trabajo de Gramsci, en los Cuadernos de la cárcel, sobre la “sociedad regulada” retoma algunas ideas elaboradas desde 1919-1920 en torno a la autogestión obrera y campesina, el Estado socialista emergido “desde abajo” y la proliferación de espacios decisionales complejamente articulados. En este sentido, habrá que recordar que la distinción entre la obra pre-carcelaria y la plasmada en sus Cuadernos no representa un corte absoluto. Y recordar –e insistir– que Gramsci sigue siendo un pertinente compañero de viaje en la búsqueda de sociedades más justas y de esquemas y formas políticas en las que el demos pueda hacer valer su poder directamente y de maneras más efectivas.

Manuel S. Almeida (1979)


Puertorriqueño, nació en San Juan. Es doctor en Ciencias Políticas por la University of Massachusetts at Amherst y dicta cátedra en la Universidad del Este. Ahí mismo, dirige la Biblioteca y Centro de Investigación Social Jesús T. Piñero y edita la revista Ámbitos de encuentros. Su bibliografía: Dirigentes y dirigidos: para leer los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, Ese idiota llamado Sócrates: teoría política, crítica, democracia y Brevísimo vocabulario popular de teoría política. Ha publicado sus traducciones de Gramsci en el semanario Claridad. Dice que es trekker de corazón.