Cada escritor comparte sus memorias como el pan. Unos descubren en la poesía el cauce. Otros; en el cuento, con narraciones tan exactas como el pulso de un reloj. En todos, el eco de la literatura, la verdad de uno que es la verdad de otros. El dossier es uruguayo-argentino, pero el arte no tiene bandera. Por eso decía Barís Pasternak que el único poder del escritor es el de no deformar la voz de la vida que suena dentro de él.

No.

ENTRADAS

Liquidación final


Natalia Massei


Un cartel improvisado en papel blanco de resma. Las letras dibujadas con resaltador rosa incandescente: Liquidación Final.

Se trata del kiosco del Ruso y de la Rusa. Desde que tiene memoria, ya eran viejos. El negocio funciona hace más de cuarenta años y está ubicado a la vuelta de su casa natal, la misma donde todavía viven sus padres. El patio de la casa comparte medianera con el fondo de la casa de los Rusos. Cuando ella y su hermano eran chicos, los hijos de los Rusos ya eran grandes. En ese patio se amontonaban cajones de cerveza, barriles de plástico, plantas en estado salvaje, porquerías imprecisas. Ellos estaban siempre atentos a los movimientos en aquella casa. Espías preparados desde el nacimiento, entrenados en la ley del juego sucio, para mirar sin ser vistos.

Papel de resma, tamaño A4. Letra de imprenta mayúscula, bolígrafo azul y, por encima, resaltador rosa fluorescente: LIQUIDACIÓN FINAL.

Intento recordar los detalles de la vidriera y no se me arma más que un conglomerado de objetos indefinidos, apoyados sobre tablas forradas en papel madera: colonia infantil, autitos de plástico, Barbie de imitación, cuadernos escolares desteñidos, lápices sueltos, gomas de borrar, tarros de caramelos, barritas de cereal, alfajores, hebillas para pelo, cigarrillos. Hace unos años, mucho después de que yo hubiera dejado la casa de mis padres, habían renovado todo. Colocaron un cartel que señalaba con letras grandes en efecto relieve: MAXIKIOSCO. Nombre no le pusieron. Nunca tuvo. O en realidad sí, siempre fue el kiosco de los Rusos. También renovaron la iluminación y la decoración de la vidriera y pintaron el frente. Al lado del maxikiosco, la hija de los Rusos había instalado un local de ropa para bebé.

No recuerdo haber comprado nada desde la adolescencia en el kiosco de los Rusos. Observo de pasada, cuando visito a mis padres, los cambios en la fisonomía de ese espacio de mi infancia. Los viejos siempre asomados a la ventanilla por donde atienden, o sentados en el comedor, detrás del local. Esa parte de la casa se mantuvo igual a pesar de la modernización del negocio. Los mismos muebles, el mismo empapelado verde, los mismos cuadros de colores sobrios contorneados por marcos de madera grabados con finísimas flores. Mis padres no aportaron ninguna información sobre la renovación súbita del kiosco después de haber permanecido igual por más de treinta años. Podría haberse tratado de una decisión de los hijos, pero los viejos seguían a cargo del comercio familiar.

Ella pasa con el auto y ve el papel pegado al vidrio, sobre un costado de la vidriera. Aminora la marcha, aprovechando el semáforo en rojo. Liquidación total, lee, y más arriba otro cartel, el definitivo: Liquidación Final. Ligeramente inclinado, como un cuadro que oscila hacia un lado. Cuatro trozos de cinta scotch han servido para fijar el mensaje.

Su madre los regañaba cuando los descubría tirando cosas al lado o espiando la casa del Ruso. Ellos no se amedrentaban, corrían el riesgo, como agentes secretos. Su madre decía que era un juntadero de mugre y que, de no ser por los gatos que merodeaban por los patios, eso sería un nido de ratas. Ratas que pasarían de un patio a otro sin mayor dificultad. Las ratas de los Rusos. “No se acerquen, no tiren más porquerías a ese chiquero. No sean irrespetuosos. No hagan lío”.

Éclaircies

de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.



A ellos, el mote de “rusos” les sonaba a historia de espionaje y misterio. El fondo silencioso de los vecinos, la casa vetusta, la frialdad del matrimonio y los hijos les hacía pensar que quizás se tratara de agentes de la KGB en una incomprensible misión.

Hubo un breve período en que se lo escuchó al Ruso salir más seguido. Todo habrá durado un mes. El Ruso salía dos o tres veces por día. Ellos sabían de los movimientos porque escuchaban el ruido de la puerta y, desde los últimos escalones de la escalera que daba al altillo, podían ver el torso y la cabeza del hombre cuando se adentraba en el patio de su propiedad. No podían ver ni escuchar qué hacía, pero de algo estaban seguros: en el fondo de lo del Ruso había un animal. No era ni un perro, ni un gato. De haberse tratado de alguno de esos animales, habrían podido establecerlo por sus sonidos. ¿Qué bicho escondían los Rusos?

Los bordes del papel disparejos, cortados a mano o con la ayuda de una regla para anunciar que se vende hasta Liquidación Final.

Que yo recuerde, mi madre no compró ni una vez en el kiosco de los Rusos. Pero nos mandaba a comprar golosinas o lo que fuera necesario. Y, que yo recuerde, ese trayecto entre mi casa y la de los Rusos –que por dentro se reducía a una pared, pero en la calle implicaba hacer poco menos de cien metros, doblar a la izquierda y caminar un tramo equivalente por la otra calle– fue el primer camino que recorrí sola en mi vida. Antes de que supiera contar la plata, me asomaba a la ventanilla y le preguntaba a los Rusos para qué me alcanzaba. Ellos nos indicaban, con honestidad y dedicación, cuántos caramelos o chupetines podíamos comprar con las monedas que llevábamos yo y mi hermano, que siempre tardaba más en decidirse.

Sostiene fuerte el volante, como desplazando a la humedad de las manos apretadas el impulso de llorar. No considera que sea para tanto, pero el impulso aparece desde algún nudo profundo que ignora. Son cuarenta años. Es la vida, la mala época, el fin de un ciclo. Liquidación final.

Aprovecharon la hora de la siesta. Cargaron la escalera entre los dos y, con precisión rusa, la apoyaron sobre la medianera. Primero subió ella con los binoculares de plástico que venían en el juego de Ciencia para detectives. Se quedó un rato mirando sin usar el adminículo. Le pidió al hermano que le alcanzara el pan que tenían preparado. Él se estiró, subido a una silla, y obedeció. Ella tiró los trocitos de pan del otro lado del muro. Los dos se quedaron callados. Y el bicho salió. Era un conejo. Blanco, manchado en las patitas. Comió el pan y se volvió a esconder. Después le tocó mirar a él y repitieron el procedimiento.

Durante varios días hicieron lo mismo, el conejo devoraba el pan sin dejar rastros. La última vez hicieron algo diferente. Su perra había cazado un pajarito y se los había ofrecido degollado. Era algo que pasaba a menudo. Sus padres la castigaban y ellos la consolaban. El animal les seguía regalando pájaros muertos. Agarraron el ave con una bolsa de nylon y la tiraron del otro lado, en lugar de pan. El conejo no salió.

No sucedió, como otras veces, que la Rusa fuera a quejarse por algo que habían tirado los chicos. A la mañana siguiente el pájaro apareció de nuevo en el patio, metido en una bolsa de caramelos masticables. La madre dictaminó que en lo de los Rusos no se compraba más. Aunque la veda duró un tiempo breve. Fue la última vez que se asomaron al fondo de los Rusos o que tiraron algo del otro lado de la medianera.

Ni bien pasé el semáforo, no sé bien qué fue lo que se quebró, pero empecé a llorar. Por ese pedazo de papel de resma. Esa clausura. Liquidación final, decirlo así. Un poema sobre ese fondo de chucherías amontonadas.

Cuando mi hermano tenía ocho años le regalaron un kit de ciencia para detectives. Traía unos binoculares, un par de guantes de látex, un frasco de talco, cinta adhesiva transparente para identificar huellas digitales y una lupa. Nos pareció que era exactamente lo que necesitábamos para desenmascarar a los Rusos. Armamos el plan perfecto. La primera etapa consistía en levantar las huellas dactilares del Ruso. Fuimos al kiosco con el set de identificación de huellas disimulado en los bolsillos. Le pedimos una gaseosa que tenía que buscar dentro la casa, eso nos daría tiempo para entalcar el pequeño mostrador detrás de la ventanilla e imprimir en la cinta las huellas que aparecieran. Hicimos todo en segundos, antes de que el Ruso volviera con la bebida. También habíamos llevado un trapo para limpiar. La primera etapa la superamos sin inconvenientes. La segunda fase era más compleja. Teníamos que ubicar la escalera portátil sobre la medianera e investigar la presencia de huellas a lo largo del muro. Por último, sólo se trataba de comparar las huellas obtenidas en cada fase para determinar si el Ruso había atravesado, alguna vez, la pared que separaba su casa y la nuestra. No llegamos a la tercera etapa. En el primer intento mi hermano se cayó y se fracturó el codo. El frasco de talco estalló en nuestro patio y la cinta adhesiva voló hacia el fondo de los Rusos, ese espacio inhóspito entre lo íntimo y lo ajeno.

Natalia Massei (1979)



Argentina, nació en Rosario. Narradora. Cursó el Profesorado de francés en el Instituto Olga Cossettini. Ha publicado un libro de cuentos: Maraña. Participó en la novela colectiva Las chicas de Adriana y en las antologías Nada que ver, Rosario: ficciones para una nueva narrativa y Antología de la calle inclinada. Sus relatos han aparecido en los diarios Página 12 y La Capital, así como en la revista Maten al mensajero. Coordina el Café littéraire, un taller de lectura en francés. Le gusta matear y leer, igual en los días soleados del verano que en los fríos del invierno, frente al río Paraná.