Aunque vivimos yendo de la condición fortuita al destino de las tragedias griegas, la existencia es la única realidad de veras irreductible. Un caballo que nadie doma. Y con esa libertad de fondo, los hechos hablan, ofrecen sus respuestas. La historia del café, el mercado en el fútbol infantil y la autoconstrucción como resultado de la organización social son tres ventanas por donde mirar el espectáculo de la vida.

No.

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La prohibición del café


Daniel Vidart

El café es originario del valle de Kaffa, ubicado en Etiopía. Cuenta la leyenda que el pastor Kaldi observó que sus cabras mostraban más energía y trepaban más rápidamente la montaña cuando comían los frutos rojizos de un arbusto. Con dichas bayas, bien machacadas, los campesinos etíopes preparaban estimulantes tortas. Más tarde, en el siglo XIII, un sacerdote sufí, perteneciente a esta secta del Islam que recurría, y lo sigue haciendo, a prácticas extáticas, tuvo una agradable sorpresa: unas bayas que por casualidad se habían torrado en un brasero expandieron un aroma delicioso y al echarlas al agua caliente cobró vida la primera taza de café. El Islam, que repudia las bebidas alcohólicas, lo consagró como una tisana excepcional: no solamente era de excelente paladar sino que mantenía en atenta vigilia a los fieles que debían cumplir con las oraciones nocturnas, de las cinco que deben practicarse en la jornada.

Los principios, empero, no fueron auspiciosos. Los imanes fundamentalistas, es decir, los ortodoxos hasta la médula, lo prohibieron en La Meca en el año 1511. Los fantasmas de la represión se cuelan en todas las culturas. Así fue que, en el mismo año, Khair Bey, encargado otomano del Sultanato de Egipto, mandó cerrar todos los locales donde se expendía el sabroso brebaje e hizo quemar las existencias de café. Quien fuera descubierto bebiendo una taza era molido a palos. Si reincidía se le metía en una bolsa y se le arrojaba al mar. La medida desencadenó furiosas respuestas de la multitud, que se lanzó a las calles esgrimiendo garrotes y vociferando maldiciones. Esta actitud les hizo desistir a los turcos de su intromisión en la vida privada de los egipcios. Se levantaron entonces las durísimas penas impuestas por una inoportuna y caprichosa restricción. Pero los gobernantes lo prohibieron en todo el Imperio otomano porque provocaba “desórdenes y levantamientos del pueblo oprimido”. Tampoco duró mucho este atropello.

Hubo otros curiosos reclamos y proscripciones. En Prusia, Federico el Grande prohibió la olorosa y oscura tisana porque la importación de café resentía la economía del país y resultaba indignante la pasión libertaria que despertaba la bebida en sus súbditos. “Los prusianos sólo deben beber cerveza”, rezaba una real pragmática. El café hacía pensar y el pensamiento, así avivado, juzgaba y condenaba los excesos del despotismo ilustrado. Más tarde postulará Hegel, en su Filosofía de la historia universal, que la historia de la civilización y la plenitud de las culturas caminaron desde el Oriente hasta el Occidente. Y si en ese Occidente, creador y dominante, los principados y soberanías alemanas representan la culminación de la historia, en Prusia la Realidad, la Razón y la Verdad se conjugan con el Poder para dar cabo a la hazaña de la grandeza humana. Pues bien, el café logró que incluso las mentes conservadoras aceptaran tan imperial idea. Y aunque los intelectuales dudaban, compositores ilustres como Bach, con su Cantata del café, loaron un producto que afinaba la capacidad creativa. Y así como Hegel afirmó que las enhiestas y altas torres de catedrales góticas constituían la última cruzada del genio y el vigor del Viejo Mundo –esto es: la cruzada hacia el cielo–, Bach musicalizó las virtudes del café, bebida que pulía las joyas musicales del barroco.

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de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.



Antes, cuando el café llegó a Europa en el siglo XVII, hubo sacerdotes católicos que lo tildaron de “amarga invención de Satanás”, y quienes lo bebían eran juzgados pecadores. En efecto, los ministros de Dios lo consideraban como una apostasía, pues de tal modo iba a reemplazar al vino, santificado como “la sangre de Cristo”. Cuenta la leyenda que el Papa Clemente VIII bebió un pocillo de la rechazada pócima y tal fue su placer que bautizó solemnemente al café para librarlo de todo estigma.

En el último tercio del siglo XVII, el rey Carlos II de Inglaterra hizo cerrar las cafeterías porque “en ellas se conciben y propagan infundios malintencionados y escandalosos que difaman a la majestad real y alteran la paz del reino”. Se reiteraba el temor del soberano a los efectos de una bebida que soliviantaba los ánimos y aguzaba la rebeldía del pensamiento. Fue desoído y rechazado el edicto real. Las protestas tumultuosas de los aficionados al café fueron de tal entidad que el rey, preocupado por esa efervescencia popular, revocó el ucase prohibitivo, influido éste por el rumor que corría de boca en boca y no por la realidad de las cosas: los maridos, en vez de permanecer en las casas y distraer sus ocios con el fornicio más o menos frecuente, se juntaban en los locales donde se servía el café para discutir temas políticos. Y lo hacían mientras apuraban una tras otra las tacitas de aquel líquido que alborotaba los espíritus sin dañar los cuerpos.

Es interesante comprobar que fue tan grande la afluencia a aquellos locales libertarios que el nombre de los contenidos se trasladó a los continentes. Las tabernas que se especializaron en la oferta de la bebida se denominaron cafés. Pero también que, dada la ausencia diaria y por largas horas de sus parejas, las mujeres se indignaron. Redactaron entonces un hilarante reclamo llamado Petición de las mujeres en contra del café. Tal documento, fechado en el invierno de 1674, decía así: “El uso excesivo de este moderno, detestable y pagano licor llamado café, ha convertido a nuestros esposos en eunucos e inutilizado a nuestros más dispuestos galanes. No les queda nada húmedo sino las narices, nada tieso sino las articulaciones, nada erguido sino las orejas”.

En Suecia, hacia el año 1746, Gustavo III rechazó el consumo de café, considerándolo nocivo para la salud. Entonces lo quiso eliminar de su reino, legislando en contra de la inocente bebida. Las tabernas y sus parroquianos ignoraron la prohibición, dejando mal parado y furioso al soberano. Para abonar sus razones, el rey procuró, bebiendo personalmente la tisana, que el organismo sufría serias consecuencias. Bebió a lo largo de un tiempo. No sucedió nada. Siguió sano y floreciente. Ante la tozudez de los hechos, dejó que la ley durmiera el sueño del olvido.

Vayamos ahora a Rusia. Durante el siglo XIX los zares dictaron feroces medidas contra los bebedores de café. Si se les encontraba in fraganti se les cortaba la nariz o una oreja. Si reincidían, se les condenaba a muerte. Y los distribuidores sufrían la misma pena.

El auge del café a partir de las cafeterías y salones del siglo XVIII europeo, donde se afilaba el ingenio y se pulía la inteligencia de parroquianos muchas veces ilustres, le abrió el paso a una bebida que hoy todo el mundo gusta y ninguna autoridad arbitraria persigue. Del mismo modo, los musulmanes prosiguieron gustando el moka procesado en Yemen.

Daniel Vidart (1920)


Uruguayo, nació en Paysandú. Escritor y antropólogo. Ejerció como profesor de geografía, sociología y antropología en Uruguay, Chile y Colombia. En 1947 fue secretario privado del presidente Tomás Berreta. De su copiosa bibliografía, destacan Ideología y realidad de América; Teoría del tango; El tango y su mundo; Caballos y jinetes; Los muertos y sus sombras; El mundo de los charrúas; Uruguayos y Marihuana, la flor del cáñamo. Desde 1963 es académico de la Real Academia Gallega y, desde 1985, profesor Honorario y Perpetuo de la Universidad Nacional de Colombia. Es también Ciudadano Ilustre de Montevideo, miembro emérito de la Academia Nacional de Letras de Uruguay y doctor Honoris Causa de la Udelar.