Estar en el mundo es ejercer la libertad de inventarnos a nosotros mismos. Por eso publicamos dos historias lejos del orbe académico: dos identidades bien distantes y distintas. La primera, definida por una bebida: el mate, que confronta al ser físico, metafísico y austral. La otra, cortada por dos de sus costados, la lengua y la territorialidad, pero remendada con añoranza por el ladino y la antigua Yugoslavia.

No.

ENTRADAS

Tristeza del señor Gaon


Pablo Landa Ruiloba

En 2004, los miembros del Klubo Ladino, un grupo de señoras mayores de la comunidad judía de Sofía, prepararon un folleto con poemas, canciones y anécdotas para el Festival Esperansa, un encuentro sefardita en Belgrado. En su primera página decía: “La flama del ladino la asindio en Bulgaria el enkontro “Esperansa ‘98”. Corrieron entonses munchas lagrimas de alegria por el enkontro kon muestros ermanos de Turkia de Serbia, de Izrael i de otros paizes. No teniamos menester de traductores. Kon el ladino mos izimos imediatamente amigos… No kale burlarse de la edad de las artistas. Es maraviyozo el animo de las ke suven a la shena i amostran sus posibilidades kantando kantes de boda i de amor. Sale a la luz su talento, dormido durante largo tiempo, arebiviendo i ancheando las almas i los korasones de todos”.

Pero en el Festival de 2004 pocos hablaban ladino. Los participantes, principalmente de Serbia, Bulgaria, Croacia y Macedonia, se comunicaban en sus idiomas nacionales, que son mutuamente inteligibles. Los más jóvenes, que eran mayoría en el evento, conocían unas cuantas palabras en ladino; conmigo hablaban en inglés.

El que prácticamente nadie hablara ladino en el Festival, me dijeron, era una tragedia: un anuncio de su inminente extinción. Si no hubieran comenzado a hablarlo de nuevo los viejos sefarditas, su desaparición resultaría menos dolorosa. El ladino se habría convertido en una reliquia, esperando a ser descubierta por algún lingüista o historiador del futuro. Aparecería por accidente en los periódicos amarillos de alguna hemeroteca o en las cartas que a veces sobreviven en los armarios que venden los anticuarios. Pero el ladino fue descubierto antes: para la última generación de hablantes de este idioma fue como desembarcar en la Atlántida justo en el momento que comenzaba a tragársela el mar.

A otros en el Festival no parecía preocuparles mucho su desaparición. No tenían una conexión personal con su lengua ancestral. Raquel, una chica de Serbia de dieciséis años, me preguntó, incrédula, “¿es cierto que el ladino es la lengua de Cervantes?”. Comentamos el punto, pero cambiamos pronto de tema. Sus memorias no eran las de sus abuelos; no había vivido en Belgrado cuando tenía una enorme población de judíos, sionistas y revolucionarios, expertos en el caso Dreyfus, cultores de la historia de la España medieval o defensores de la mission civilisatrice de los judíos de Francia. Su vida había sido marcada por las largas guerras de Yugoslavia, y las heridas estaban frescas. En algún momento Raquel criticó a los judíos de Croacia, que estaban de visita en Belgrado. “Soy judía”, me dijo, “pero antes soy serbia”.

Al llegar a Belgrado me encontré con enormes edificios en ruinas. Cinco años antes los había bombardeado la OTAN. Hacía dos años del inicio del juicio de Slobodan Milosevic en La Haya, y aún no terminaba. Parece un poco ridículo pensarlo ahora, pero me impresionó que los habitantes de la ciudad continuaran con sus vidas diarias como si nada: que se sentaran por las tardes en los cafés de banqueta y por las noches llenaran los bares. Digo ridículo porque ¿qué más podrían hacer, encerrarse en sus casas por miedo a que cayeran más bombas?

Al terminar el Festival Esperansa, me quedé en Belgrado una semana más. Danko, que era entonces el presidente de la asociación de jóvenes judíos de la ciudad, me invitó a comer a un restaurante en el centro. Tienen el mejor börek de Serbia, me prometió. Al terminar de comer, caminamos por una calle peatonal, flanqueada por edificios históricos y centros culturales. Casi al llegar a Kalemegdan, el parque en el que remata esta calle, nos encontramos con una mezquita.

Nos quitamos los zapatos y entramos. Unos diez hombres estaban terminando de rezar. El imán se nos acercó y al enterarse de que Danko era judío, le dijo shalom, afectuosamente. Nos sentamos ahí unos diez minutos, en silencio. Es un espacio pequeño, construido en el último tercio del siglo XVI; la única mezquita en la ciudad que sobrevivió a la disolución del imperio otomano. Pudiendo haberse convertido en un monumento a un pasado perdido, era un lugar fresco y desordenado, lleno de apagadores y cables improvisados, tapetes viejos en el piso y pósters en las paredes.

Al salir, nos encontramos en el atrio con los señores que acababan de rezar. Nos ofrecieron agua y se despidieron de mano de nosotros, uno por uno. “Mi padre”, me dijo Danko, “es mitad musulmán y mitad cristiano ortodoxo. Mi abuelo era de Bosnia y mi abuela de Serbia. ¡Y se casó con una judía de Skopje! Durante la guerra, trabajó para la ONU, repatriando refugiados. Va con frecuencia a los pueblos en los que trabajó. Sigue muy involucrado en el conflicto”.

Me despedí de Danko en la entrada de Kalemegdan. Tenía una cita con Franko Gaon; su departamento estaba a unas cuadras de ahí. En el Festival Esperansa había preguntado por judíos de Belgrado que hablaran ladino. Había pocos, entre ellos el señor Gaon, que no participó en el Festival. Le hablé por teléfono y me indicó: “El senyor puede venir en la tarde. Aquí lo estaré esperando. Pero le advierto que no sirve el elevador de mi edificio. Suba al octavo piso por las escaleras”.

Platicamos cerca de dos horas. El señor Gaon tuvo un puesto importante en el gobierno del mariscal Tito. Su historia era el prototipo de las que encontré en el museo judío de Belgrado, inaugurado en 1969. Las fotos y leyendas de este recinto explican cómo cientos de judíos, a la manera de Moša Pijade, participaron en la construcción de Yugoslavia; trabajaron para derrotar primero al fascismo y después al capitalismo. En algún momento, tuve la mala idea de hacerle una pregunta al señor Gaon sobre los kosovares. “Los kosovares no existen”, exclamó enojado. “¡Todo el mundo sabe que son albaneses!”.

La señora Gaon, sin pronunciar palabra, nos trajo galletas y café. Vivían, advertí, aislados del mundo exterior. Desde hacía semanas no servía el elevador, por eso se ausentaron de Esperansa. A su edad no podían bajar y subir las escaleras con facilidad. La tragedia del señor Gaon, pensé, no es la desaparición del ladino; lo hablaba con precisión, como si pronunciara un discurso político. Su tragedia es la desaparición de Yugoslavia.

Anuncié que ya me tenía que ir. Dejamos en la mesa de la sala las galletas y las tazas de café vacías y nos acercamos a una ventana del departamento. Desde ahí se podía ver a las personas que entraban y salían de los restaurantes y las tiendas del centro de Belgrado. Al parecer no les afectaba la desarticulación de los ideales de Yugoslavia. El señor Gaon observaba cómo la ciudad seguía, como si nada hubiera pasado en los últimos mil años.

Pablo Landa Ruiloba (1983)


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