Estar en el mundo es ejercer la libertad de inventarnos a nosotros mismos. Por eso publicamos dos historias lejos del orbe académico: dos identidades bien distantes y distintas. La primera, definida por una bebida: el mate, que confronta al ser físico, metafísico y austral. La otra, cortada por dos de sus costados, la lengua y la territorialidad, pero remendada con añoranza por el ladino y la antigua Yugoslavia.

No.

ENTRADAS

Filosofía del mate amargo


Daniel Vidart

Canta la pava en el fuego. El agua barbota, la tapa se sobresalta y estremece de tanto en tanto y un chorro de vapor se escapa por el pico de la tiznada ave de hierro que empolla en el nidal de brasas.

Una mano sarmentosa, de corvos dedos y anverso velludo, toma la pava del asa, la arranca de su rojo echadero y, con una delicadeza sorprendente para tan tosco instrumento humano, la inclina con preciso ademán sobre la boca del mate. El agua hirviente cae en el óvalo donde la bombilla se yergue como un mástil de metal. La verde barriga de la “galleta”, retobada de yerba, recibe con fruición la cebadura; runrunea, se hincha, tiñe con amarga clorofila y escondidos alcaloides el agua virgen y desde lo hondo teje un círculo de espuma que sube lento, impecable, perfecto, hasta coronar el borde. Cuando parece que va a romperse el anillo virtuoso cesa el chorro gorgoteante y la golilla se queda allí, quietecita, esponjada, simétrica como una boca pronunciando una o de asombro, grácil como la armada de un lazo detenida en su vuelo.

El hombre lleva la bombilla a sus labios. Sus ojos miran sin ver, fijos en un punto lejano. Están abiertos hacia afuera pero contemplan la íntima estatua de un ensueño. Su cuerpo no se mueve; la llama lo baña con luz anaranjada, lo envuelve con finas víboras de cobre y hace danzar su sombra sedente sobre la pared de adobe. Sorbe el hombre con succión pareja y deleitosa la tisana ardiente, descansa un instante, vuelve a chupar sin pausas y, al fin, con un rezongo soterrado, nacido en la entraña misma de la calabacilla, el mate anuncia que está exhausto, que aguarda una nueva transfusión de agua vivificante y cordial.

Pero describir un rito es quedarse en lo meramente externo, en lo adjetivo y ornamental. Tras el ademán litúrgico de preparar, cebar y tomar el mate se define tácitamente una concepción del mundo y de la vida, todo lo humilde que se quiera, pero tan válida y cierta como las de pretendido aliento universal. Tras la corteza de una costumbre cotidiana y popular, que remansa la vida, que atempera el desvelo de los días ciudadanos y ahonda la meditación de las jornadas campesinas, madura la pulpa de un fruto filosófico. Y es en esa filosofía que deseo indagar ahora, buscando en el tibio y familiar mundo del mate lo que muchos orientales –los del universo folclórico– no advierten por estar tan cerca, y lo que muchos otros –los de la novelería transatlántica– ignoran por estar tan lejos.

Un estudio completo sobre el mate debe integrarse con dos capítulos que deliberadamente omito: el histórico y el botánico. La historia del mate y su difusión en Sudamérica es interesantísima; y el análisis de sus propiedades estimulantes y medicinales encamina hacia territorios reclamados por los botánicos y los quími¬cos, cuando no desemboca en el capítulo preventivo de la higiene social.

Pero no es mi propósito hacer la filosofía del mate amargo basándome en datos que se puedan preguntar o leer. A los ilustres oficios del historiador y del naturalista yo prefiero la humilde tarea del adivino de verdades. Una cosa es el conocimiento y otra el pre-sentimiento. Media entre ellos la distancia que separa la descripción de la interpretación. La historia del mate puede ser reconstruida con paciencia erudita; al espíritu del mate sólo puede encontrarlo la corazonada intuitiva. Porque la intuición, como decía Bergson, no es otra cosa que la “visión directa del Espíritu por el Espíritu”.

Caben, dentro de la interpretación filosófica de la costumbre del mate amargo, una socionomía, una metafísica, una psicología, una ética y una estética.

La socionomía del mate –nomos no es lo mismo que logos– tiene que ver con la conducta del grupo cuando se le bebe colectivamente. El mate vence las tendencias individualistas del criollo y lo adscribe al collar humano que el “cimarrón” atraviesa como si fuera un hilo de simpatía coagulante. El recién llegado es recibido con un mate; al que parte se le obsequia con el “mate del estribo”. Ambas actitudes configuran la aceptación al grupo social y la despedida del grupo a uno de sus integrantes.

El mate, a su modo, empareja las clases sociales, porque a todos pertenece. Lo bebieron patrones y peones en la solitaria rueda patriarcal; jefes y soldados en los vivacs revolucionarios; amos y esclavos en los floridos patios de las casonas coloniales. Y en todos los tiempos fue el mate el que hizo la rueda y no la rueda la que trajo al mate.

La periferia cultural de la estancia pretérita estaba limitada por el invisible cerco del mate, que iba de mano en mano, de boca en boca, de corazón en corazón. El oasis del desierto blanco, pura arena y esterilidad, se anuncia con una ronda de palmeras; el oasis humanizado del desierto verde de nuestras cuchillas recibía al peregrino ecuestre con el redondo brocal de un fogón de mateadores establecidos, al igual que temblorosas estrellas humanas, en el perímetro de las galaxias del humo. Y hoy mismo, el lazo que ata a los troperos que aguardan la noche a cielo abierto es más delgado que la seda pero más fuerte que el destino: es un mate caliente, cariñoso, que gira como un planeta en la órbita de la soledad y expresa, con el mudo lenguaje de los símbolos, lo que amadrinan los silencios de aquellos cansados jinetes.

Sin título

de Guillermo Olguín

Guillermo Olguín (1969)


Mexicano, nació en el Distrito Federal. En Seattle, se formó en el Cornish College of the Arts y, después, en la Universidad de Bellas Artes de Hungría y en Toulouse. En pintura o dibujo, gráfica o fotografía intervenida, su obra se caracteriza por explorar los climas metafísicos del viaje, su mitología y sus ritos paganos. Enfrenta a los materiales con audacia: escultura en bronce, cerámica y textiles. Y el color se indaga a sí mismo en busca de poesía. Hasta la fecha, ha expuesto de manera individual y colectiva en México, Brasil, Argentina, Cuba, Paraguay, EUA, Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Hungría, España, Portugal, Finlandia y Japón. Fruto de su labor, ilustró La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, entre otros. Su compromiso con los pueblos indígenas lo llevó, sin darse cuenta, al mundo del mezcal.



El mate orientalizó y orientaliza al “gringo”. A poco de estar en nuestra tierra, entre arrayúas y órdagos, matearon mis arrevesados bisabuelos vascos –los correspondientes a mi apellido paterno Vidart y al materno Bartzabal–, y como ellos se hicieron al “verde” los italianos chacareros, los ingleses tradicionalistas, los gallegos nostálgicos y los judíos talmúdicos. Antes de saber hablar el español sabían cimarronear. Y se acriollaron lindo, porque el sol de la nueva patria salía de adentro para afuera en vez de entibiar desde afuera para adentro. Al fin y al cabo mate es sociedad y sociabilidad, ejercicio que agruma a los hombres y concita voluntades, corral de confianza humana en medio de un mundo desapacible y hostil.

Y ¿qué decir del mate viajero que acompaña al uruguayo cuando peregrina por el orbe, a ese uruguayo devoto que padece angustias mortales cuando no encuentra en las tiendas de ultramarinos a la generosa, a la escasa, a la divina yerba de sus amores?

La metafísica del mate amargo nos transporta al polo opuesto de la sociabilidad, es decir, nos enfrenta con la persona, con la criatura que sabe que va a morir y padece la nostalgia del Ser. Y de tal modo hombre y mate dialogan mano a mano, sin intermediarios, ya en la hora de la amargueada matinal, ya en la del rito vespertino. El mate de la aurora ordena la estrategia vital del día que se inicia. El mate del crepúsculo hace recapitular sobre las cosechas inconclusas del día fenecido. Y como el día es, según los chinos, una vida en miniatura, el mate está en sus dos puntas para preguntar con la voz de los hombres y para contestar con la voz de los dioses –o de los demonios.

Los griegos tenían el Oráculo de Delfos; los criollos se contentaron con el Apolo del mate y con la pitonisa de la yerba. El mate es el “compañero”, el deudo, el alter ego del agonista dramático que lo interroga. ¿Qué piensa ese hombre solitario mientras el amanecer golpea en su intimidad con los nudillos de una nueva jornada? ¿Qué busca esa conciencia vigilante y dolorida cuando las sombras se apean? No está por cierto el alma vacía ni es la dulce imbecilidad del far niente la que cautiva el yo del mateador abismado en sí mismo. Sumergido en las vidas que pudo vivir, removiendo la hojarasca de las intenciones fallidas o los sentimientos no correspon¬didos, el hombre busca y rebusca en las imágenes fugitivas de su memoria, que a veces corre como un torrente y a veces se remansa en oscuras lagunas. Pertinaz y caviloso, mientras mate va y mate viene, el mateador evoca su finitud individual en la casi infinita cadena de generaciones humanas, traspasa los límites de las ultimidades que la vigilia condena al olvido, y, como ejercicio postrero, rescata del océano de los recuerdos los escasos instantes felices aparecidos a lo largo de su vida como diminutas y raras islas de plenitud, desvanecidas en el momento de desem¬barcar en ellas.

La hora del mate no es, pues, un tributo a la pereza, ni un agujero en el tiempo, ni un pozo de aire en el espíritu. Es una hora grave, de regreso al limbo de lo que está por nacer, de recreación existencial, entre angustiada y gozosa, de lo que fue y de lo que vendrá. Cuando se matea, el pensamiento y el sentimiento, hermanados, emprenden vuelo hacia la región transparente de las ideas y allí se quedarían si no fuera porque el agua se enfría y la yerba se lava.

Il Pensieroso de Miguel Ángel y Le penseur de Rodin se apoyan en su mano, blandamente el caballero florentino y en un crispado puño el hombre que corona La puerta del Infierno. El mateador, en cambio, estrecha la sustancia vegetal del porongo o de la “galleta” –insignia ésta del avezado matero– y, al tiempo de apurar la infusión estimulante, piensa, tal vez sin querer, en sus recoletas alegrías y sigilosos pesares, en los modelos de lo que pudo ser y fue aniquilado por la desprolijidad del esfuerzo o por el invierno del desamor. Y, de tal modo, el leve ejercicio físico suscita una honda respuesta psíquica. El contacto con el cuerpo liso del mate y su sedosa epidermis, expresión y límite del pequeño cosmos aprisionado en un cuenco, pone al hombre en estado de gracia para enfrentar el gran cosmos que lo estrecha con su abrazo de meteoros y de estrellas, o, aun más perentoria y angustiosamente, que lo encara con la coetaneidad del drama humano.

La psicología del mate se asienta en otras capas del ser. Hay un lenguaje de persona a persona, de sexo a sexo, cifrado e intencional, que las tradiciones rurales y urbanas han consagrado desde los tiempos de la Colonia. Un mate servido por manos femeninas puede encubrir una furtiva caricia, un roce sigiloso que salta como una chispa eléctrica de uno a otro sexo. Éste es, empero, el eterno lenguaje entre la mujer y el hombre. El lenguaje del mate es aun más sutil, más ladino y expresivo. Frío, significa desprecio; muy caliente, amor ardiente; lavado, a tomar mate a otro lado; espumoso, te quiero. Si la moza le agrega cáscaras secas de naranja quiere decir te aguardo; si canela, pienso en ti; si coco, vuelve pronto; si toronjil, estoy enojada.

Roberto Ares Pons, en su precioso Elogio del mate advierte certeramente que “en las tierras de la cuenca del Plata, la pampa y la ganadería cerril hicieron al hombre huraño y solitario, se ignoró el requiebro galante y la sensibilidad, y los sexos se polarizaron agudizándose su natural enemistad”. Para vencer “el hábito errante del hombre y constreñirlo a la domesticidad”, la mujer se valió del mate. Y, a su vez, el hombre “llegó a sentir que no poseería realmente a una mujer hasta que ella le cebara mate a él, a él solo, una indefinida sucesión de madrugadas y atardeceres”.

La ética se relaciona con todo el ceremonial interno y externo del acto de cebar, recibir y devolver el mate. Quien lo bebe debe respetarlo, sorberlo totalmente, no andar removiéndole la bombilla, no obstruirlo con chupadas desparejas. Ha de aguardar su turno, decir cortésmente gracias cuando no apetece más, levantarse para devolverlo si lo sirve la dueña de casa. Quien lo ceba ha de procurar que no se lave, darlo vuelta a tiempo y, sobre todo, no romperle el copete. Si un mate se desparrama se arruina toda la cebadura: su espumita tiene la virtud mágica del sabor, de la enjundia, de la bivalencia sexual de un utensilio andrógino, femenino en la calabaza y masculino en la bombilla. Un mate llorón, chorreado, sucio de yerba, es un mate de maturrango, un mate descastado y hereje.

La estética, finalmente, se refiere a lo extrínseco, al continente y no al contenido del mate. Hay mates de pobre, peladitos, sin ningún ornamento, lustrosos de tanto manoseo fraterno. Hay mates carcelarios, tatuados por los presos, quienes, con todo el tiempo del mundo por delante, los adornan con raras figuras escapadas de su fantasía, con escudos de la patria y letras barrocamente retorcidas. Hay mates de estanciero rico, con anchas bocas retobadas de oro y plata, rematadas por bombillas de lujo, tan ostentosas como los tiradores y cabezadas de recado que proclaman, merced a la profusión de metales nobles, las excelencias sociales del estatus. Otros mates de lujo lucían presuntuosos y macizos vientres de plata pura, sostenidos por un pie gentil, y llenos de sellos áureos, de iniciales entrelazadas, de opulentas flores y animales mitológicos. Hay, o había, mates de factura europea, realizados en fina porcelana, con pajaritos y angelotes pintados en su barriga frágil. Eran los mates de las doñas del patriciado, herederos de los coloniales, aquéllos que cebaban y azucaraban las negras solícitas y las señoras bebían con morigerado empaque, entre puntada y nudo, mientras voleaban los títeres femeninos de la vecindad con palos de mujer, que son más pesados aun que los palos de ciego. Y hay, para terminar con este apresurado inventario, mates bastardos, indignos siquiera de mención por un mateador de ley. A estos “mates” así se les llama solamente por la yerba y la bombilla, pues se beben en vasos de vidrio, insípidos, bocones, sin paredes curadas, sin solera ni tradición.

Ésta es la filosofía, o mejor, mi filosofía del mate amargo. Que el lector, si es matero, la compare con la suya. Y que junto con muchas otras se integre al sistema de la teoría del mate, quizá no tan estimable como su práctica cotidiana pero igualmente legítima y valiosa.

Daniel Vidart (1920)


Uruguayo, nació en Paysandú. Escritor y antropólogo. Ejerció como profesor de geografía, sociología y antropología en Uruguay, Chile y Colombia. En 1947 fue secretario privado del presidente Tomás Berreta. De su copiosa bibliografía, destacan Ideología y realidad de América; Teoría del tango; El tango y su mundo; Caballos y jinetes; Los muertos y sus sombras; El mundo de los charrúas; Uruguayos y Marihuana, la flor del cáñamo. Desde 1963 es académico de la Real Academia Gallega y, desde 1985, profesor Honorario y Perpetuo de la Universidad Nacional de Colombia. Es también Ciudadano Ilustre de Montevideo, miembro emérito de la Academia Nacional de Letras de Uruguay y doctor Honoris Causa de la Udelar.