Sin título

de Noémie Boullier

Noémie Boullier (1980)


Francesa, nació en Aix-en-Provence. Cursó estudios en la École supérieure d’art d’Aix-en-Provence que no concluyó. Prefería pintar en su casa hasta quedarse dormida, con las manos llenas de pintura. Emigró a México a los veinte años. En Oaxaca, su vocación se volvió su profesión. Autodidacta, se perfeccionó haciendo grabados con Gerardo de la Barrera y litografía, poco después, con Per Anderson, en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A Boullier le gusta contar que, cuando pinta y dibuja, surgen solitas las bestias humanas, sus manos, sus miradas. Que un ojo es casi siempre la primera cosa que aparece. Sus creaciones son austeras en el uso del color y testimonian un tratamiento minucioso de la sensualidad. Ha expuesto en México, España y Francia. Creció en el campo, entre cartones, tijeras, botes de pintura y colores.

Los autores de este número lanzan su mensaje al mar. La identidad y la memoria, individual y colectiva; las cosas proclamándose inasibles. Ante el exceso de realidad, , que se define en sus páginas como un intermediario de voces, busca evaporar la distancia entre palabra y verdad. Como bien lo advirtió Keats: la palabra no ofrece carruajes preciosos, pero sí la experiencia de viajar en sus alas invisibles.

Hay dos democracias. Una, la de arriba, copia al carbón de la visión de los dueños de la democracia. Otra, la de abajo, de trabajadores y nadies buscando no ser oprimidos ni humillados por los demócratas de arriba. En este informe se baja al sótano de ambas: al poder. Desde luego, también se penetra su litúrgico vocabulario. Y más: cuando la risa se vuelve blasfemia y, ¿por qué no?, reparación. Es decir: hacernos cargo.

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Cada escritor comparte sus memorias como el pan. Unos descubren en la poesía el cauce. Otros; en el cuento, con narraciones tan exactas como el pulso de un reloj. En todos, el eco de la literatura, la verdad de uno que es la verdad de otros. El dossier es uruguayo-argentino, pero el arte no tiene bandera. Por eso decía Barís Pasternak que el único poder del escritor es el de no deformar la voz de la vida que suena dentro de él.

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Galeano nos dice que recordar significa volver a pasar por el corazón. Y estas inquisiciones en eso se empeñan. Con los viajes de un monje que inspiró a Cristóbal Colón, con la luz de vela que ha sido Simón Rodríguez para América, con las primeras crónicas rioplatenses sobre cine. También repasan momentos del último gran narrador de América Latina, que siempre escribió contra la felicidad perfecta de la desmemoria.

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Aunque vivimos yendo de la condición fortuita al destino de las tragedias griegas, la existencia es la única realidad de veras irreductible. Un caballo que nadie doma. Y con esa libertad de fondo, los hechos hablan, ofrecen sus respuestas. La historia del café, el mercado en el fútbol infantil y la autoconstrucción como resultado de la organización social son tres ventanas por donde mirar el espectáculo de la vida.

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